Autor: Raúl Quirós Molina

  • Guerra árabe

    Gracias Señor por las benzodiacepinas
    porque ellas tienen las manos más suaves
    que me han acariciado antes de dormirme
    después de cenar y ver la tele.

    Gracias por el zolpidem
    porque él se sabe único para crear compañía
    y me trae voces a mis oídos
    y discusiones entre mis hermanos
    y con mis amigos,
    y me deja dormir
    como muerto.

    Gracias por la fluoextina que con su voz tan profunda
    como si surgiera de una gruta
    me invita flotar sobre los ríos olvidados
    me abraza en los transportes públicos,
    y cuando veo la guerra árabe
    siento una gran compasión
    siento que tengo que dar las gracias
    por todos aquellos que mueren por mí
    en la pantalla fantasmal,
    luminiscente.

  • Elogio del Azar

    Metal
    quemas
    más allá de la zona rebelde
    no deberías entrar
    toda
    situación
    borra
    esta máscara
    inoxidable
    tu expresión
    la distancia

    Una experiencia
    tus labios
    de satén
    enjoyados
    yo sin saber
    dónde ir
    durante
    tu vida virtual
    ¿como lo hago?

    Te gustaría
    vivir mejor
    conocer con dolor
    la timidez
    imprescindible
    para salir
    de nuevo
    la atardecer
    dale
    una nueva luminosidad
    inmediata
    complicada
    bloquea
    nuestra experiencia
    descubre
    cada mañana
    un auténtico renacer
    Sin rastro
    yo
    he probado
    a vivir
    alejado del centro
    tú también puedes
    ríndete a la tentación
    despierta y mírame mientras duermes!

  • Ajeno

    Largo se le hace el día a quien no ama
    y él lo sabe. Y él oye ese tañido
    corto y curo del cuerpo, su cascada
    canción, siempre sonando a lejanía.
    Cierra su puerta y queda bien cerrada;
    sale y, por un momento, sus rodillas
    se le van hacia el suelo. Pero el alba,
    con peligrosa generosidad,
    le refresca y le yergue. Está muy clara
    su calle, y la pasea con pie oscuro,
    y cojea en seguida porque anda
    sólo con su fatiga. Y dice aire:
    palabras muertas con su boca viva.
    Prisionero por no querer, abraza
    su propia soledad. Y está seguro,
    más seguro que nadie porque nada
    poseerá; y él bien sabe que nunca
    vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
    ¿cómo podemos conocer o cómo
    perdonar? Día largo y aún más larga
    la noche. Mentirá al sacar la llave.
    Entrará. Y nunca habitará su casa.

    Claudio Rodríguez

  • Diré cómo nacisteis

    Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
    Como nace un deseo sobre torres de espanto,
    Amenazadores barrotes, hiel descolorida,
    Noche petrificada a fuerza de puños,
    Ante todos, incluso el más rebelde,
    Apto solamente en la vida sin muros.

    Corazas infranqueables, lanzas o puñales,
    Todo es bueno si deforma un cuerpo;
    Tu deseo es beber esas hojas lascivas
    O dormir en esa agua acariciadora.
    No importa;
    Ya declaran tu espíritu impuro.

    No importa la pureza, los dones que un destino
    Levantó hacia las aves con manos imperecederas;
    No importa la juventud, sueño más que hombre,
    La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad
    De un régimen caído.

    Placeres prohibidos, planetas terrenales,
    Miembros de mármol con sabor de estío,
    Jugo de esponjas abandonadas por el mar,
    Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

    Soledades altivas, coronas derribadas,
    Libertades memorables, manto de juventudes;
    Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,
    Es vil como un rey, como sombra de rey
    Arrastrándose a los pies de la tierra
    Para conseguir un trozo de vida.

    No sabía los límites impuestos,
    Límites de metal o papel,
    Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,
    Adonde no llegan realidades vacías,
    Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

    Extender entonces una mano
    Es hallar una montaña que prohíbe,
    Un bosque impenetrable que niega,
    Un mar que traga adolescentes rebeldes.

    Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,
    Ávidos dientes sin carne todavía,
    Amenazan abriendo sus torrentes,
    De otro lado vosotros, placeres prohibidos,
    Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,
    Tendéis en una mano el misterio.
    Sabor que ninguna amargura corrompe,
    Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

    Abajo, estatuas anónimas,
    Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;
    Una chispa de aquellos placeres
    Brilla en la hora vengativa.
    Su fulgor puede destruir vuestro mundo.

    Luis Cernuda

  • Cosas que no me atrevo a decir en público

    En cuestiones de amor, he tenido la fortuna de ser el hombre más desafortunado del mundo. Apenas ha habido año, desde que tengo catorce, en que no me rompieran el corazón por lo menos media docena de veces.

    José Luis García Martín.

Raúl Quirós Molina
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