Nadie encuentra su voz

Quien busca su voz suele estar buscando un espejo.

«Encuentra tu voz» es, probablemente, la consigna más repetida de cualquier taller de escritura y la que menos se explica. Se pronuncia con la solemnidad de quien entrega un mapa del tesoro y se recibe con la docilidad de quien no se atreve a preguntar dónde está la X. La voz, según esta mística de tómbola, estaría en algún lugar dentro del escritor novel, agazapada entre la adolescencia y el primer divorcio, esperando a que un profesor con bufanda la haga salir al tercer ejercicio de escritura automática.

Uno sospecha que la consigna sobrevive precisamente porque nadie sabe muy bien qué significa. Voz, estilo y tono se usan como sinónimos en las reseñas, en las fajas de los libros («una voz nueva e insobornable»), en los informes que las editoriales despachan en dos líneas; y lo que se confunde en el mercado termina confundiéndose en el taller. Pero no son lo mismo. Ni siquiera se parecen demasiado: el estilo es lo que el escritor no puede evitar; la voz, lo que decide; el tono, lo que se juega en cada escena.

Empecemos por lo que no se elige. El estilo es la huella dactilar que uno deja en la página aunque se ponga guantes: la longitud de la frase, los adjetivos que vuelven como perros a casa, la manía de la subordinada, la coma donde otro pondría punto. Se educa, se poda, se corrige, pero no se inventa. Thomas Bernhard escribió novelas enteras sin un solo punto y aparte, con frases que giran sobre sí mismas como un preso en el patio, y da igual quién narre (un pianista que renunció al piano, un escritor atrapado en una cena de artistas, un heredero que detesta su herencia): todos suenan a Bernhard. Su estilo se come las voces. No es un defecto; es el precio de tener uno.

La voz, en cambio, es una decisión. Quién habla, desde dónde, con qué edad, qué sabe y, sobre todo, qué calla. Lucia Berlin pasa en Manual para mujeres de la limpieza por una limpiadora de casas ajenas, una empleada de urgencias, una adolescente en el Santiago de Chile de los cincuenta, una madre que tiembla antes del primer trago de la mañana; y cada una tiene su manera de mirar, su vocabulario, su dosis de vergüenza. El estilo es el mismo (la frase corta, el humor que muerde, la precisión casi física de los objetos), pero las voces no. Ninguna de ellas estaba escondida dentro de la autora esperando a ser descubierta: fueron construidas como se construye un personaje, porque la voz es eso, el primer personaje que el lector conoce.

Y luego está el tono, que es la actitud ante lo contado y que, a diferencia de los otros dos, cambia de escena en escena. Es la temperatura del texto. Kafka convierte a Gregor Samsa en un insecto monstruoso y lo narra con la frialdad de un parte de incidencias laborales, preocupado por el tren de las cinco: el espanto nace de ese desajuste. El tono es, también, lo que más se equivoca en los manuscritos que leo. La muerte de la madre contada con el mismo entusiasmo que la compra de un coche; el primer beso con la gravedad de un funeral de Estado; la guerra con adjetivos de folleto turístico. Un estilo torpe se perdona; una voz floja se sobrelleva; un tono equivocado rompe el pacto con el lector y ya no hay manera de recomponerlo.

¿Por qué entonces esa insistencia en «tu voz», así, con posesivo? Porque halaga. Porque sugiere que el material del escritor es el propio escritor y que basta con excavar un poco en uno mismo para que salga petróleo. Es la misma lógica que ha convertido tantas novelas y tantas obras de teatro en autodocumentos: si lo importante es mi voz, lo que cuento importa menos que el hecho de que lo cuente yo. Quien busca su voz suele estar buscando un espejo.

En teatro esto se aprende pronto (o se abandona el teatro): nadie escribe una obra con una sola voz, salvo los monólogos, y ni siquiera ellos. El dramaturgo presta la suya a un soldado, a una madre, a un usurero, y la presta tan bien que desaparece. Lo que queda de él, lo único que no puede prestar, es el estilo: dónde corta la escena, qué calla el personaje, cuánto tarda en llegar el golpe.

Así que el escritor no tiene una voz: tiene tantas como narradores sea capaz de sostener. Tiene un estilo, que no elige del todo y que se descubre con los años, casi siempre a su pesar, cuando relee lo que escribió hace una década y reconoce las mismas manías. Y tiene la obligación de acertar con el tono en cada página, que es donde de verdad se juega el oficio.

Nada de eso está agazapado dentro de nadie. Lo único que uno encuentra, con suerte y al tercer ejercicio de escritura automática, es la bufanda del profesor.


Raúl Quirós Molina
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