Yo te contemplo, oh rara avis

Por algún motivo, lo que encuentro en la poesía más o menos contemplativa norteamericana no lo encuentro del todo en la española – ya he hablado antes de los poemas de Wright et al. Pero algunos hay, claro, joder.

Fue Antonio Colinas, creo, o alguien que hablaba de él, quien escribió que para la poesía de la contemplación es necesario primero vaciarse de uno mismo -disolución del yo, que dirían algunos, a la manera de un Alka Seltzer contra la acidez -. Otro par de libros recientes que me he chupado en esta nueva afición por los contemplativos – los que hablan de ciudades, arbolitos y montañitas, por ponernos prosaicos -, son el Cuaderno de Nueva York de José Hierro, donde sin embargo, ese vaciamiento no llega a producirse hasta las últimas consecuencias, y los versos no se suceden como una mera transcripción descriptiva, sino más bien como el reflejo sobre el agua de un estanque acariciada por el poeta, con grácil resultado; y Los Campos Elíseos, de Pablo García Baena, superrequetequetebuenísimo según los críticos y ni chicha ni limoná para el que suscribe estas líneas. Además carecía de una metáfora tan rutilante como la ingeniada ad hoc para José Hierro

Os copypego uno de mis favoritos de éste último, del García Baena tendréis que esperar a que mangue el libro.

Ballenas en Long Island

Las he visto varadas en la playa.
Los niños han abandonado
carruseles, montañas rusas,
nubes de azúcar, blanca o rosa, palomitas de maíz
y suspendidos de sus cometas de colores
han llegado a la orilla. Atrás quedó
la música crispada de los altavoces.
Ahora escuchan otra música mas sosegada y misteriosa:
jadeo de olas, disnea de cetáceos agonizantes,
chillidos de las aves marinas,
estremecedora polifonía.

Los niños, desconectados de lo fabuloso
saben que es imposible que a Jonás
se lo tragase una ballena
como cuenta la Santa Biblia,
porque al final de la caverna amenazadora
una garganta angosta permite sólo el paso
de minúsculos pececillos, placton, polen marino
que atravesaron las barbas filtradoras.
(Ignoran, sin embargo, que estas barbas
fueron antaño utilizadas
para acentuar la delgadez del talle de las damas.
¡Sólo Dios sabe qué habrá sido de ellas,
dónde estarán ahora pudriéndose!)

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