Lo siniestro de los museos de la tortura.

Hay algo siniestro en todos los museos de tortura del mundo: aquellos instrumentos o métodos que no aparecen. Se encontrarán la guillotina, la hoguera, la cuna de judas, la dama de hierro, como los pecios de una Historia que se ha convertido en ficción. Se condescenderá tal vez con el garrote vil, por ser un monumento a la terquedad vanagloriosa y brutalidad del carácter nacional.
Pero el visitante no encontrará alguno documento o representación de la picana, de un zulo, el submarino, las descargas eléctricas o la violación. No hay rastro de dictaduras, ni militares ni comunistas, no hay salvo en algunos países apresurados por atraer el turista hacia el morbo, ni una sola nota acerca de aquello. Un museo es la representación estática de una narración, de algo que por su distancia en el tiempo ha ido acrecentando su condición de relato mágico, de leyenda, y por tanto enajenando de cualquier principio de realidad. Mantener intacto su carácter y abandonar cualquier propuesta verdaderamente documentativa es condición esencial para su supervivencia no solo como institución cultural, sino como encubridora de la atroz verdad.

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