Otro jueves al azar

Cuando la desesperación
agote todas las trabas
con las que has ido entorpeciendo
su camino hacia tu corazón
y la diferencia entre estar vivo
o muerto
sea una cuestión de pareceres biológicos,

prepara una carta educada y amable,
cópiala unas cuantas veces
y envíala a todas aquellas personas
a las que en un momento u otro de tu vida
heriste a propósito,
incluyendo antiguos camaradas,
sobrinos olvidados y hermanos que habiten en el rencor,
sin olvidar, por supuesto,
a antiguas amantes, novias o esposas.

Escríbeles lo mucho que sientes que el amor
que un día sentiste por ellos
se haya ido diluyendo como un terrón de azúcar bajo la lluvia,
(o algo parecido)

Si la afrenta que os separó
era insalvable, jamás te responderán
y eso te hará sentir más miserable aún,
pero recuerda que siempre habrá algún incauto o ingenuo
que te contestará enternecido por la bondad de tus palabras
y te invitará a recomenzar, con paso más firme, aquella relación:
incauto, porque, como un sarraceno, esperarás a esa carta y al posterior reencuentro para afilar los puñales del resentimiento y recordarle
lo infames que fueron contigo,
lo detestable que fue tu existencia junto a ellos
y la gran misericordia y piedad que has mostrado concediéndoles el perdón,

seguramente le den la vuelta al puñal
y acabes desguazado, desde el vientre al gaznate, con un odio mayor,
lágrimas y amenazas de muerte,
quizá te sirva,
el odio,
digo,
para ahuyentar la desesperación,
al menos durante un tiempo,
mientras tratas de convencerte
de que la biología lleva razón,
de que vives,
de que a pesar de todo,
late un corazón,
podrido,

pero late.


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