Contaminarse

Uno de mis compañeros de estudios durante el máster en escritura creativa en Londres afirmaba no leer libros, ver películas o asistir a ninguna obra de teatro para no contaminar su escritura. De esta manera, decía, su escritura era más libre y más pura. No es infrecuente encontrarse con ascetas culturales en las clases de escritura creativa (especialmente en los cursos avanzados), y la experiencia me ha enseñado que poco o nada se puede hacer por quien considera que la creación requiere de un estado suspensión cultural (e incluso física), como un electrón pululante por el espacio sideral. Explicarles que el simple hecho de comunicar que no requieren de exposición alguna a libros, obras de teatro o museos ya es efecto de esa contaminación requeriría una paciencia pedagógica que, a partir de los cuarenta años, no se tiene.

Tampoco el ejercicio de lo contrario, la deglución incontrolada de toda la oferta del Time Out, me ha parecido nunca buen mecanismo para la adquisición de las herramientas necesarias para contar una buena historia, pero al menos a estos se les puede sugerir mesura y tranquilidad, y, con el tiempo, desarrollarán un filtro crítico que les permita leer, ver, escuchar y aprender sin necesidad de consumir compulsivamente.

Descubrí el otro día la mitología yazidí, que no tiene texto sagrado, como los cristianos o los musulmanes, pero cuyas creencias fueron recopilados por un santo yazidí y transmitidas a Frederick Forbes en dos libros, El libro de las revelaciones y El libro negro de los yazidíes. No se ha probado la autenticidad de ninguno de los dos, pero la premio Nobel Nadia Murad, en su libro Yo seré la última, confirma algunas de las creencias recogidos en El Libro Negro. Por ejemplo, que a Adán se le prohíbe comer del trigo sagrado de Dios, y que lo hace tentado por Malak Ta’us, que a veces se identifica con el diablo. Cae en desgracia y Dios crea a Eva para que deje de estar triste; una vez reunidos, deben decidir de quién surgirá la humanidad: si de Adán o de Eva. Así que encierran sus simientes juntas en dos tarros distintos y nueve meses después, la de Adán dio a luz a Seth, Noé y Enosh mientras que la de Eva dio lugar a gusanos y un olor pestilente. Los bebés de Adán se colgaron de sus pechos y esta es la razón por la cual los hombres tienen pezones y aquellos serían los padres de los yazidís. Posteriormente, Adán preñó a Eva y aquellos descendientes serían los padres originales de judíos, cristianos y musulmanes.

El Poema del Gilgamesh también tiene escenas que recuerdan a pasajes de la Biblia o de la mitología griega: Gilgamesh baja a los infiernos para descubrir al único inmortal, y después de pasar varias pruebas, es conducido por el barquero de los dioses hasta Utnapishtim, que le explica el Diluvio Universal y le dice que para ser inmortal debe vencer el sueño. Gilgamesh se queda dormido durante siete días y falla su cometido de encontrar la inmortalidad.

La contaminación, la memoria fallida, las lecturas erróneas no son instrumentos para la creación, son la creación misma y aún sorprende toparse con discursos como el de mi antiguo compañero. ¿Pureza, para qué? ¿Esencia, de cuál? Se intuye (o intuyo, al menos como profesor) un aburrimiento por el esfuerzo que conlleva reflexionar sobre aquello que se está viendo, escuchando, leyendo; como si toparse de bruces con aquello que leemos nos dijera algo sobre nosotros que no queremos saber, y que solo sobre los rieles de la seguridad pudiéramos, efectivamente, crear.

Pero hasta el propio Fausto vendió su alma al diablo para conocer más.