Autor: Raúl Quirós Molina

  • Las suplicantes, de Esquilo

    Danaide, de Rodin.

    Las cincuenta hijas de Dánao y sus cincuenta sirvientas huyen de una patria que las obliga a contraer matrimonio por la fuerza. Y su padre, débil, no puede defenderlas sino acompañándolas al exilio para evitar un estupro impune.

    Las suplicantes son objetos inertes mientras están al alcance físico de los egipcios, sus autoerigidos propietarios. Pero cuando las danaides hacen valer su conciencia, se convierten en sujeto que debe ser dominado por medio de la violencia. La normalidad egipcia es la sumisión de estas mujeres y las suspensión de esta realidad es casus belli. La guerra. Guerra que no amenaza a Pelasgo, rey de Argos, por dar asilo a las mujeres, sino por arrebatar el objeto del poder a los egipcios. No se trata de un hurto de esclavas, es el impedimento de su usufructo. Esta es la terrible realidad de la que huyen.

    El rey Pelasgo sabe bien a qué atenerse cuando las danaides atracan en su costa, huyendo de su patria sin haber cometido delito de sangre. Si las acepta, los egipcios declararán la guerra; si no les proporciona asilo, serán devueltas a sus pretendientes y violadas. Lo que se establece con violencia, con violencia se pierde y con violencia se reconquista.

    El Rey es convencido de lo virtuoso de su gesto, pero aún debe ganarse el favor de su reino, pues a la masa no le gusta estar en contra de sus líderes. Un rey que aboga por la justicia y que sabe que un concepto tan frágil no puede dejarse, sin más, en manos de una vulgar votación popular, que no tenga en cuenta más allá que sus propios intereses. Es por ello que encomienda a las suplicantes que arrojen los ramos de flores con los que rinden culto a los dioses a los templos interiores de la ciudad, para que el súbdito argivo se emocione con su causa.

    Finalmente el Heraldo egipcio llega con la soberbia como estandarte del imperio. Esas mujeres son suyas y en tanto propiedad, cualquier código ético queda suspendido mientras estén fuera de su dominio. Así como uno no considera qué piensa la silla de que nos sentemos en ella, estas mujeres son esposas, amantes, concubinas de sus hombres. Y la amenaza es grave: la violación, extirpar de ellas aquello que las concede alguna categoría en un mundo de hombres.

    Pelasgo duda si empapar la tierra con sangre de hombres por unas mujeres extranjeras pero a sabiendas del peligro que corre el débil que suplica en su tierra, expulsa al Heraldo, resguarda a las suplicantes y asume la inevitabilidad de la guerra. Tristes hombres, tristes guerras.

    (Estoy siguiendo la versión de Gredos.)

    Otras obras de Esquilo comentadas aquí:
    La Orestiada (Agamenón, Las Coéforas, Las Euménides).
    Los Persas.
    Los Siete contra Tebas.
    Prometeo Encadenado.

  • Los siete contra Tebas, de Esquilo

    Eteocles y Polinices, Wikipedia

    ETEOCLES- […] En efecto, si lográramos éxito, la gente diría que la causa de ello es un dios; pero, si, al contrario, ocurre un fracaso, Eteocles, único entre muchos, sería cantado por los ciudadanos con himnos, sin cesar repetidos y lamentaciones.

    La voluntad del gran jefe militar nada puede contra el designio divino, siempre arbitrario y cruel. En Los siete contra Tebas, la acción se desarrolla dentro de la ciudad de Tebas durante el asedio del ejército extranjero liderado por Polínices, un tebano.  Y este es el motor de la historia, el camino a través del cual Eteocles, el rey de los tebanos, se encontrará con su destino: matarse junto a su hermano Polínices, tal y como había predicho su padre Edipo. El gran momento trágico no es, sin embargo, la muerte de los hermanos, ni los pasajes en los que el Coro acude desesperado a los pies de las estatuas que glorifican a los dioses que pueden darles su favor, pues saben que de perder la batalla, los más crueles crímenes serán cometidos sobre ellos. Es el momento en el que Eteocles comprende que su habilidad y su astucia como militar de nada sirve sin el favor divino. Cuando el mensajero que le trae las posiciones enemigas le dice que el soldado esperando en la última puerta es su propio hermano, Eteocles pierde la flema con la que hasta hacía nada reñía al Coro.

    Se dice que la última parte, el momento en que Antígona jura dar honores a ambos hermanos, se escribió décadas más tarde, puesto que el éxito de la obra de Sófocles invitaba a conectar una con la otra. Pero la obra no es aquéllo: Eteocles es quien es porque el cielo así lo decidió.

    (Estoy siguiendo la versión de Gredos.)

    Otras obras de Esquilo comentadas aquí:
    La Orestiada (Agamenón, Las Coéforas, Las Euménides).
    Las Suplicantes.
    Los Persas.
    Prometeo Encadenado.

  • Los Persas, de Esquilo

    Cuando la guerra no trae la gloria, la esencia de la patria se pone en entredicho. Con la victoria, el sentimiento nacional se despierta con las trompetas que anuncian la derrota del enemigo, la consagración de los héroes y mártires; en definitiva, se cuenta el relato épico que no admite contestación posible. Y si la hubiera, sería tratada como una traición, pues la narración de la victoria se construye por medio de la memoria del sufrimiento; la oposición al otro, el enemigo que nos quería destruir y la superación última por la fuerza y por la moral. Cuando es la derrota la que azota, el cuento se vuelve contra uno mismo y la identidad nacional se tambalea entre dudas y preguntas. ¿Cómo sobrevivir a la derrota? ¿Recordando u olvidando? ¿Afrontando nuestro fracaso o achacándolo a una injusticia venida de lugares por encima de nuestra cabezas, fuera del alcance de nuestra responsabilidad como individuos, soldados, pueblos?

    En Los Persas de Esquilo, la obra entera se construye sobre la memoria de una derrota. La acción que guía la obra ya ha terminado cuando surgen los primeros personajes en escena, y su misión es la de reconstruir y aceptar la mayor derrota militar sufrida por su pueblo. Jerjes, el hijo de Darío, lanza una gran ofensiva contra los griegos que dará lugar a la batalla de Salamina. A pesar de los consejos de su padre y las señales de los dioses, Jerjes perpetra un sacrificio colectivo del que ahora debe de dar cuenta. La hybris acecha en el universo dramático griego y Jerjes es víctima de la misma. El favor que los dioses le conceden al comienzo le es arrebatado en la confrontación más decisiva de la historia de Persia, y aquí la obra cumple con el canon de la dramaturgia del Ática: la caída del héroe que se creía omnipotente.

    Toda la obra es un cuento narrado en pasado. Desde la entrada de la madre-Reina se respira un aire de premonición terrible, y la aparición del mensajero corrobora el fatalismo inicial. El ejército persa, al que pertenecían casi todos los varones del reino, ha sido derrotado: ¿quién queda ahora con vida para decir qué es Persia y qué no? Éste es la triste tarea que los protagonistas junto al coro tratará de llevar a cabo: recordar entre lágrimas lo ocurrido. Cada persona en escena añade una parte distinta al relato colectivo que, sin embargo, nunca se pone en duda en ningún momento. Todas las verdades son ciertas por el mero hecho de decirlas desde el dolor. Nadie, ni siquiera el propio Jerjes que comparece al final de la pieza, permanece callado o trata de olvidar. Sabe el daño que ha hecho a su país y por ello no escatima en lamentos. Pero más allá de su autoinculpación, la obra no es un juicio a Jerjes, es un juicio a todo el reino que se embarcó en un viaje para la afirmación de su identidad y acabó por diezmarla.

    (Estoy siguiendo la versión de Gredos.)

    Otras obras de Esquilo comentadas aquí:
    La Orestiada (Agamenón, Las Coéforas, Las Euménides).
    Las Suplicantes.
    Los Siete contra Tebas
    Prometeo Encadenado.

  • Recuerdos de Londres: Mi piso en Angel

    Bob the Big Issue Cat

    No fue fácil vivir solo durante todo un año. A la deuda que tendría que pagar se sumaban unas cañerías que me martirizaban noche y día pero que se quedaban mudas cada vez que venía el fontanero. Una landlady española que me demostró que de nada importa que vengamos de la misma tierra o que uno posea un doctorado y un puesto de responsabilidad para intentar estrujarte cien o doscientas libras más por el alquiler. Unos vecinos que escuchaban East Enders a todo trapo. Y esos versos de Claudio Rodríguez que de vez en cuando me venían a la cabeza:

    Prisionero por no querer, abraza
    su propia soledad. Y está seguro,
    más seguro que nadie porque nada
    poseerá; y él bien sabe que nunca
    vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
    ¿cómo podemos conocer o cómo
    perdonar? Día largo y aún más larga
    la noche. Mentirá al sacar la llave.
    Entrará. Y nunca habitará su casa.

    Pero no todo fue una desgracia. Vivir solo con las neurosis propias es en realidad un alivio – pues eran propias y no las de compañeros de piso. Podía beber tirado en el sofá sin recibir un sermón y dejar los platos en remojo. Las ruptura eran eso, rupturas, y no una larga travesía por el desierto sin agua y sin comida de la que había que dar parte cada tarde. Y la intimidad, cuando se daba, era verdaderamente intimidad y no un susurro que se corría con una toalla al baño al cuello y una sonrisa de medio lado entre las miradas de desconocidos.

    Y podías invitar a gente a casa y ver el fútbol y podían venir amigos y dormir en el sofá, y nadie hacía preguntas, y a nadie le molestaba. Y por las tardes podía salir a fumar a la terraza y escuchar a los zorros peleándose entre la basura.

  • Recuerdos de Londres: Chris

    Chris ha sido profesor, corrector, psicólogo, contrincante de bádminton, gourmet, compañero de borracheras, fan de la selección española antes que la inglesa, comidista, espectador y crítico de mis obras, freak de las expresiones más castizas (¿chupa de dómine? ¿De dónde saca este hombre estas frases?), documentalista, rescatador, rescatado, y amigo, sobre todo un amigo paciente al que no siempre he hecho todo el caso que me debía y que a pesar de ello se ha mantenido al pie del cañón. Cinco años y hemos compartido tantos fines de semana haciendo el bobo (bueno, yo hacía el bobo, él solo se reía), viendo obras, asistiendo al cine y ahora, ahora me voy a dejar este trocito de corazón aquí, este trocito que va a ser de los que más eche de menos porque ya no podremos ir al Curzon tanto como antes, o al Tokyo Diner a comer OTRA VEZ los mismos noodles, y el mismo sushi, y no me perdonarás OTRA VEZ que llegue resacoso a nuestros encuentros, ni que olvide OTRA VEZ la fecha de tu cumpleaños ni que se quede Londres sin nuestra amistad que tanta felicidad me ha traído bajo este cielo que ya clarea.

Raúl Quirós Molina
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