Autor: Raúl Quirós Molina

  • Recuerdos de Londres: Hampstead Heath

    West End from Hampstead Heath

    A Hampstead Heath fui solo la primera vez, en 2011. El tiempo ya era amable en aquella parte del año. No sabía que el Heath estaba dividido en dos parques, uno para las familias y otro que se asemeja más a un bosque, para paseantes despistados y amantes. Me perdí en los caminos del bosque y me quedé en silencio por primera vez desde que llegué a la ciudad en 2010. Un silencio arropador.
    Durante los años siguientes fui allí a correr, a meditar, a volar una cometa gigantesca, a que me desvelaran las tradiciones del año nuevo persa.
    A contemplar el horizonte londinense desde Primrose Hill. Cuántos colores puede tener un domingo.
    A escribir unos cuántos poemas que ya perdí.

  • Los recuerdos que me quedarán de Londres: Introducción

    Apenas me quedan unos meses para marcharme de esta ciudad y volver a la península a escribir, amar, vivir. Llevo cinco años en Londres y estoy cansado. Decía Samuel Johnson que quien está cansado de Londres, está cansado de la vida. Tal vez porque la vida en Londres me ha cansado, he decidido buscar nuevas vidas.

    Cinco años dan para muchos recuerdos y en estos momentos de transición tengo el vicio de reprochar a esta ciudad todos aquellos tiempos en que fue injusta y vil conmigo. Y no me quiero ir así.

    Así que durante los próximos meses voy a tratar de hacer las paces con una memoria pobre  e ir publicando los noventa mejores recuerdos que me ha brindado Londres.

    Porque quizá algún día tenga que volver a vivirlos. Porque quizá, tú, que vives en Londres o piensas hacerlo, te toque recordarlos.

     

  • Las mujeres

    Tú no lo sabes, porque la vida te tiene distraída con sus banalidades, pero en unos pocos días estarás muerta. Tu piel reposará contra el frío metal de la camilla de la morgue, los periodistas revolotearán con sus cámaras y sus plumas a tus vecinos, las llamadas de teléfono sorprenderán a tu familia, que se quedará blanca como la sábana que te cubre el rostro… Pero eso no ha de preocuparte más, porque estarás muerta. Poco importarán entonces el vestido de flores que querías ponerte para el próximo verano (y que te probaste ese mismo día que te mataron) y las dos clases de pilates a las que fuiste con este propósito y de las que te rendiste porque te daba la risa, con tanto ejercicio absurdo y tanto estiramiento de no sé qué. Claro que era la primera vez que hacías algo de gimnasia en mucho tiempo, y ahora, en los últimos compases de una vida que ya se te acaba (y tú no lo sabes todavía), te debates entre si renunciar a este verano o apostar por el vestido.
    Será esta tarde, o será mañana, o quizá pase en unos meses, pero es irremediable: te matarán. Te pasará como a esas otras mujeres, a esas a las que les pasa lo que no le pasa a nadie, nunca. Setecientas en la última década, a manos de sus compañeros sentimentales. ¿Compañeros? ¿Un compañero que mata?

    Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
    -esta muerte que nos acompaña
    de la mañana a la noche, insomne,
    sorda, como un viejo remordimiento
    o un vicio absurdo-. Tus ojos
    serán una vana palabra,
    un grito acallado, un silencio.
    […] Cesare Pavese.

    El día que vengan a darte muerte, ésta vendrá a confirmarte lo que ya se te había advertido: que tu muerte no es más que un suicidio. Que llevabas mucho tiempo cruzando la línea, provocando, poniéndole en ridículo y que a un hombre no se le puede una enfrentar. Que todos tenemos un límite. Que lo vuestro no es un homicidio, ni un asesinato, sino un crimen pasional o un crimen por honor, como si en acabar con tu vida hubiese un acto de poesía. Ahora que estás muerta debes saber que los hombres pequeños e insignificantes no son capaces de poesía alguna y por eso matan, matan, matan. Te mató la insignificancia de un hombre – no la poesía.

    No estuvo solo, éramos tantos los que contemplábamos esta tu muerte a cámara lenta. Tu hermano que te decía que denunciaras, que qué tonta que eres, que a ver si es que te mereces a un idiota así; tu suegra que te dice que es que él tiene un pronto, y que nunca se paró a pensar que aquél insignificante que salió de su vientre sería capaz de mandar a otra mujer a la tumba. Los periodistas, que colocan tu esquela en la sección de sucesos, y que habría que preguntarles que pasaría si en vez de mujeres, se tratase de taxistas o joyeros. Los jueces y juezas, psicólogas y psiquiatras, abogados, el peso de la ley, en fin, que te colocaron el sambenito de la víctima, de la incapacitada, de ese alguien a quien hay que esconder en refugios, pensiones y centros como si fueras una delincuente; a quien hay que cambiar de vida y de nombre, a la sombra de tu familia, de tus niños, de tu vida, de tu trabajo, no vaya a ser que a tu hombre, tu verdugo que camina tranquilo por la calle, que se va a llorar en total libertad al hombro de sus amigos, que van diciendo tu nombre en voz alta, no vaya a ser que este hombre pequeño le dé por ir a matarte.

    Y ahora que estás muerta y que ya no te tienes que esconder y que ya nada te importa, conocerás a los peores secundarios de esta la historia de tu asesinato. A todos esos ciudadanos y ciudanas de bien que tú ni siquiera llegaste a conocer y que sienten tu muerte y lo ven una desgracia, pero que defenderán a pecho partido que ya hemos logrado la igualdad entre hombres y mujeres. Gente honrada que cree que sí, que hay mujeres maltratadas, pero que también hay muchos hombres maltratados y que una cosa es equiparable a la otra, y te dirán que muchos hombres se suicidan por vosotras, pero que no sale en las estadísticas, porque vuestras formas de matar son más retorcidas, más psicológicas, en fin, que es que en el fondo sois así, malas. Malas, malas, malas, como Eva, como Medea, como la mujer que tu asesino decía que eras. Personas buenas que menean la cabeza y dirán que un 0.005% de denuncias falsas por malos tratos son suficientes denuncias para recapacitar sobre la Ley Integral contra la Violencia de Género y que más mujeres deberían denunciar, aun cuando no denuncian, ¡por qué no denunciarán estas idiotas! Y se preguntan porqué la mayoría de las asesinadas ni siquiera habían pisado una comisaría: las matarían por bobas.

    Sí, nosotros, la gente bondadosa, también te matamos un poquito. Somos los que tomamos certezas por hechos y experiencias por ley, y a fin de cuentas, una mujer muerta es tan solo eso, una mujer muerta; y una mujer muerta sucede a otra, y aquí seguimos contándonos la misma puta historia, con los mismos personajes, un mes tras otro, un año tras otro, mientras el número sigue aumentando, lenta pero tozudamente, y los reporteros reportan, los jueces juzgan, y todos opinamos; todo en su justo orden y en una moderación que no sabe de urgencias; una mujer tras otra, un año tras otro, tal vez hasta que los cementerios solo tengan nombres de mujer y la tierra se poble de hombres pequeños, mezquinos, insignificantes que matan, matan, matan.

    Infomaltrato Mujer

  • Vecinos

    No debería contar esta historia, porque no sé narrar historias de gente qué conozco. No he tenido buenos vecinos en Londres. A decir verdad, no he tenido ni buenos ni malos: la mayoría han sido sombras pasajeras en el trajín del día a día, personas decentes con los que intercambiaba un buenos días y un buenas tardes si se daba el caso y la frustración del día lo permitía. Cuando llegué aquí, mientras trataba de ajustarme al cambio de piel que es una nueva ciudad como Londres, me ocurrió lo peor que le puede pasar a uno en estos procesos: perdí la llave de mi casa. Vivía solo por aquel entonces y apenas llevaba cuatro meses en este país, así que poco sabía de la celosa intimidad de la que presumimos los londinenses y que llena las consultas psicológicas y los pubs a diario. Fui tocando puerta tras puerta hasta que un vecino en calzoncillos se apresuró a abrirme la puerta. Le dije que era nuevo en el vecindario, que había perdido la llave y que tenía varias bolsas de la compra en la puerta: ¿no sabría por casualidad de algún portero o vecino que guardara una copia de la llave? Sorprendido, casi cómico, el hombre me dijo que no sabía y se volvió a quien parecía ser su amante, preguntándole si sabía de alguien que tuviese una copia de mi llave. La pregunta les era alienígena, ¿quién confiaría la llave de la puerta de tu casa a un vecino? Llamé a otra puerta menos amable que me mandó a la mierda y ahí decidí que lo mejor sería recorrer en metro las quince estaciones de metro que separaban mi casa de la de la dueña, española, que me dio una copia y la factura del cambio de cerradura dos días después.

    Cuando vuelvo a España, cada dos o tres meses, los vecinos, lo quiera o no, me dan el parte de lo sucedido no ya en mi planta, si no en todo el bloque. Da igual que permanezca un fin de semana o un mes entero, que vaya acompañado o no, día tras día, cada encuentro son diez minutos de un fragmento de la gran novela que construimos en nuestro edificio de apartamentos. Al principio lo desdeñaba como cotidianeidades sin sentido pero hoy tengo más humildad y me lo tomo como un intento colectivo de crear una historia sobre el lugar en el que vivimos, sobre contarnos nuestras vidas de una manera que tenga sentido. Muertes, nacimientos, casamientos, achaques, nuevos inquilinos se cruzan transversalmente con el momento político, con el parte meterológico o el tráfico, y mi posición como observador intermitente casi pone en revuelo a la comunidad, que parecen esperar un día tras otro para encontrarse conmigo y regalarme fragmentos de una historia tan trivial como fascinante.

    En Londres, solo he conocido a un tipo así, que vivía en el piso de abajo. Lo conocí en 2012 y me despedí de él en 2014, desde el autobús. Me cuentan que descubrieron su cadáver la semana pasada. Llevaba varias semanas muerto y al parecer, la ola de calor facilitó que el hedor del cuerpo llegara a las otras casas. Llamaron a la policía, al juez y certificaron su muerte. Ahora estoy muy cansado, incluso para contar esta historia, pero quiero contarla.

    Conocí a mi vecino por mi compañera de piso: no te acerques al tipo de abajo, que está loco. ¿Está loco? Está loco, no hables con él, no sea que vaya a ser peligroso y nos mate a todos. Esta era mi compañera de piso, que se volvía histérica porque los de abajo ponían música caribeña a las 11 de la mañana o porque la limpiadora brasileña le arruinaba el día cuando no terminaba su turno antes de que ella volviese del trabajo. Todos están locos menos yo: es el chiste del conductor suicida, que ve a los otros conductores en dirección contraria. Era una invitación a que nos presentaran.

    ¿Estaba loco mi vecino? Bien, me pasaba notas ilegibles debajo de la puerta y estaba convencido de que la CIA orquestaba un espionaje mundial a través de nuestros teléfonos móviles. ¿Estaba loco? Sí, lo estaba, estaba diagnosticado, tomaba litio y era muy consciente de lo mal que se encontraba a veces. Me enseñó la caja de pastillas cuando tomábamos agua en su apartamento, y una foto en la que aparecía su hermano con su sobrino. Su hermano se pasaba, de vez en cuando, pero quienes más se pasaban eran los servicios sociales. A veces se lo llevaban una temporada y venía calmado y un poco más triste. Yo solía salir a correr a la misma hora todos los días y él sabía a qué hora llegaría, allí en el descansillo, me esperaba fumándose un charuto. Me contaba que el lavado de cerebro de los londinenses llegaba a límites esquizofrénicos, que venía originalmente de Isla Mauricio, que había sido electricista (me enseñó el título) y que echaba de menos trabajar.

    No tenía absolutamente nada en la casa. Nada. Ni siquiera cubiertos. Ni sábanas, ni persianas. Así vivía mi vecino. Con la pensión del estado, las pastillas, su título de electricista y la foto de su hermano con su nene. No necesitaba nada más. Solo las historias: sabía que la pareja de arriba se iba a mudar porque iban a tener un bebé, que los de abajo preparaban un jerk chicken genial y que el del primero estaba cambiando el parqué. Digo esto porque mi vecino era el único que contaba la historia de toda su comunidad y como el cuentacuentos, como el Tiresias de Balls Pond Road, tenía que estar por fuerza un poco loco, un poco ido, porque se cargaba sobre sus espaldas la novela y la historia de tantas familias.

    Tiresias, como yo, se quedó un día sin poder entrar a su casa y ni se molestó en ir pidiendo la llave: para qué, si ya conocía los recovecos de sus vecinos. Si ya sabía que le consideraban un loco. Intentó tirar la puerta abajo y no desistió hasta que una ambulancia y unos señores de verde le agarraron del brazo y se lo llevaron por unas semanas. Mi compañera de piso pudo salir de casa y la vida siguió su curso. Y cuando volvía de correr allí seguía, recabando historias, preguntándome directamente porqué seguía trabajando en la oficina si yo lo que quería era ser escritor.

    Leo la historia de Joyce Vincent, que murió durante la Navidad de 2003, rodeada de regalos y la televisión encendida y su cadáver no fue encontrado hasta tres años después, en 2006; leo la historia de David Clapson, un ex-soldado que murió de inanición (sí, de inanición, en el Reino Unido) con 3 libras en el bolsillo y una bolsa de té en la despensa; me pregunto por toda esa gente que quise profundamente y que insiste en escapárseme de mi vida, en desaparecer absolutamente como agua en el océano de ojos tristes y paso apretado que es esta ciudad, y en toda esa gente a la que yo he desertado por hastío, por pudor, por venganza; me entero de la muerte de Tiresias y de su cadáver preguntándose, segundo tras segundo, qué será de una comunidad tan ciega y tan sorda, de una gente tan mezquina como la que se queda en la tierra, y no encuentro, de verdad que no encuentro las palabras con las que añadir si quiera una palabra amable a esta novela comunitaria que estábamos escribiendo, en qué momento se nos olvidó contarnos los unos a los otros nuestras vidas, en que momento saltamos de este punto fugaz, pretendiendo olvidar lo pequeños y preciosos que somos en el gran gran vacío que es este universo oscuro y frío.

  • Teatro por la Memoria. El teatro también debe responsabilizarse de la memoria histórica en España.

    Cuando está de veras viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacer la, más que en los museos, donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos. Ella, desde el aire, nos respira.
    Es contradictoria, como nosotros. Nunca está quieta. Con nosotros, cambia. A medida que van pasando los años, y los años nos van cambiando, va cambiando también nuestro recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escuchado. Y a menudo ocurre que ponemos en la memoria lo que en ella queremos encontrar, como suele hacer la policía con los allanamientos. La nostalgia, por ejemplo, que tan gustosa es, y que tan generosamente nos brinda el calorcito de su refugio, es también tramposa: ¿Cuantas veces preferimos el pasado que inventamos al presente que nos desafía y al futuro que nos da miedo?
    La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta. Quiere ser puerto de partida, no de llegada. Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie. Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.
    Eduardo Galeano

    Cada día, en España, a cientos de miles de españoles les son negados sus derechos a la verdad, a la justicia y a la reparación. Familiares de desaparecidos durante la Guerra Civil y la posguerra, familiares bebés robados de brazos de sus madres, prisioneros empleados como esclavos en la construcción de monumentos y grandes empresas, homosexuales, mujeres, estudiantes torturados por oponerse al franquismo, investigadores que tratan de estudiar los archivos donde se ocultan las historias que merecen ser expuestas han visto como los sucesivos gobiernos democráticos en España han perpetuado la cultura del silencio impuesta desde la dictadura y de sus herederos.

    Con todo, desde el comienzo del siglo XXI una nueva generación de activistas ha comenzado a exigir responsabilidades a los gobiernos nacionales e internacionales para que derechos tan básicos como el de la reparación, la justicia y la verdad, derechos que tejen las estructuras de las sociedades democráticas sean garantizados de manera irrevocable. Se trata de asociaciones que trabajan de manera voluntaria y gratuita, que han visto cómo el gobierno elegido por todos los españoles ha revocado cualquier partida económica para su sustento, que han sido insultadas, menospreciadas y ridiculizadas por políticos, periodistas y opinólogos.

    La infamia perpetuada desde el restablecimiento de la democracia ha resonado más allá de nuestras fronteras. Organizaciones como Amnistía Internacional, el Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU, así como el Relator Especial de la ONU para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición han reiterado una y otra la urgencia que requiere tratar este abuso que es la negación del derecho en un país democrático como España.

    Los gobiernos de España, entre tanto, se lavan las manos cuando incumplen tratados internacionales de extradición de individuos que participaron en abusos contra los derechos humanos, cuando señalan con el dedo a las asociaciones que pretenden restablecer un mínimo de cordura en el país y cuando se atreven a sentar en el banquillo a jueces que intentaron arrojar algo de luz sobre la historia reciente de España. España, que fue una de las pioneras en la persecución internacional de dictadores y criminales de guerra en Argentina, Chile, Tíbet, Guatemala, ignora e insulta a sus propios ciudadanos.

    El teatro va a contar estas historias. Como autor y como artista, uno puede intentar pensar que puede alejarse del suelo que pisa y volar hacia frágiles paraísos de musas y arcángeles literarios. Pero hemos aprendido que la tierra siempre le traerá de vuelta al suelo, obcecadamente, dónde tendremos que enfrentarse, una y otra vez, al barro del que verdaderamente venimos. Uno querría engañarse creyendo que las habilidades que el cielo le ha entregado han de ser devueltas al cielo. No es cierto. Si se nos concedió la gracia de poder y querer escribir estando aquí en la tierra, es para que contemos lo que aquí sucede. En éste, nuestro barro.

    En 2013 fundamos Teatro por la Memoria. No se trata de una asociación cultural, ni de un movimiento: no tenemos un manifiesto, ni un programa, ni siquiera tenemos socios. No somos nada: palabras. Somos una idea compartida: la de que el teatro debe clamar, desde las tablas, desde los cuerpos y las voces de los actores, desde el texto dramático, la urgente necesidad de que los derechos de nuestros ciudadanos sean restablecidos.

    Hoy, esta idea es una realidad material. Después de dos años de trabajo, de contactos con activistas, jueces, periodistas, víctimas y personas de la cultura, Teatro por la Memoria anuncia su primer grito desde un escenario: Flores de España.

    Gracias la labor infinita de la compañía de teatro Los Sueños de Fausto, Flores de España abre el sábado 16 de mayo de 2015 en el Teatro de los Santos de La Humosa, en Madrid, para contar las historias de aquellos que desaparecieron, que sufrieron y cuyos derechos han sido negados aún 40 años después de la muerte del dictador.

    No creo, como escritor, que haya una responsabilidad mayor y para la que se necesita más humildad que la de haber podido trabajar con todas estas maravillosas personas por evitar que la mayor injusticia que sufre nuestro país se siga perpetuando.

    Raúl Quirós Molina, autor de Flores de España.

    www.teatroxlamemoria.org

    www.lossuenosdefausto.com