Autor: Raúl Quirós Molina

  • Un blanco corre por las favelas de Salvador

    Un par de días después de aterrizar en Salvador de Bahía decidí salir a correr por la ciudad. Los poco entusiastas del atletismo nunca entenderán por qué un corredor amateur necesita salir a regarse los pies con kilómetros cada poco tiempo: lo comparan con una droga y a nosotros con drogadictos. Yo creo que la comparación peca de injusta. El drogadicto es la víctima de una superestructuras criminales que terminan por aplastarlo. Es el triste final de una cadena que incluye agricultores explotados, mulas detenidas en aeropuertos, camellos enganchados a su producto y poblaciones al borde de la destrucción. El corredor solo corre y si no puede correr se queda en casa comiéndose unas galletas y la cabeza. Con todo, nuestro anfitrión, Mark intentó convencerme de que no todas las rutas en Salvador eran seguras. Por supuesto, no le hice caso. ¿Cómo no iba a ser segura una ciudad cuya geografía esta compuesta de un setenta por ciento de favelas y un treinta por ciento de viviendas amuralladas, con guardas armados, alambre de espino electrificado y perros de presa?

    No trato de ser sarcástico, y esta es la lógica por la que se guíaba mi reflexión. Usted tiene una ciudad maltratada por todos los costados; acuda donde acuda para documentarse, el viajero novato encuentra una y otra vez las mismas ideas, convenientemente entretejidas, sobre el carácter peculiar de Salvador de Bahía. Primero, que es la ciudad más africana fuera de África, por la cantidad de negros descendientes de esclavos que viven. Segunda, que el 70% de las viviendas son infravivienda. Y tercero, que es una ciudad tremendamente insegura. Estos hechos combinados con los polvos mágicos de los prejuicios, producen cadenas causa y efecto muy interesantes para estudiar el nacimiento del discurso racista: Salvador es una ciudad pobre, de negros y peligrosa. Pero la verdad es que si una ciudad pobre, de negros y peligrosa ha sabido mantenerse viva durante tantos siglos de tráfico de esclavos, si ha sido la ciudad que fermentó la creación de la capoeira, un arte, danza y lucha incluyentes; si ha logrado mantener su carácter a través de su religión, de la música, si ha sabido ser un verdadero hogar multicultural (puesto que alberga a los descendientes de un continente entero, África, y no de una sola nación colonizadora) uno no entiende cómo ha encontrado un camino en el que la ciudad no sea una zona de guerra constante.
    Y sin embargo lo es: una zona de guerra. Pelourinho, el barrio de los turistas, es constantemente patrullado por la policía militar, que portan el elemento disuasorio más efectivo para los mendigos: una metralleta. Los apartamentos de las clases más pudientes están rodeados de pantallas de polimetilmetacrilato, custodiados por seguridad privada armada hasta los dientes, en las cualquier visitante es registrado y estudiado como si fuera un terrorista suicida. Se pide no correr por dentro del recinto y seguir las normas de seguridad, de otra manera, ¿qué podría pasar? Las vallas electrificadas vienen de serie. Es peculiar que los polvos mágicos de los que hablaba antes hagamos que nos de más miedo lo que puede ocurrir si corremos por una ciudad desconocida,  a un tipo de dos metros con una rifle cargado y vistiendo un chaleco antibalas.

    ladeiras

    Así que salí a correr. No sabía muy bien dónde quería ir, o por dónde quería correr, o peor aún, cómo iba a volver si me perdía. No es extraño ver a corredores en Salvador de Bahía. Desde el faro de Barra hasta las playas de Flamingo se pueden contar por cientos, la playa a un lado, la ciudad al otro. Sin embargo, no era una opción para mí, ya que el apartamento donde nos alojábamos quedaba muy lejos de la playa. Así que terminé donde tenía que terminar: corriendo por las ladeiras que, por cierto, hacen honor geográfico a su nombre. Que pregunten a mis piernas. Yo me imagino a mi potencial asesino afilando el cuchillo en el interior húmedo y caliente de su favela, esperando que pase por su calle para asaltarme y rebanarme el pescuezo y después hacer macumba sobre mis entrañas y lo que me encontré fue… Nada. Oh, sí. Salvador de Bahía. Una ciudad en la que la policía militar detiene a gente por la calle y los tumba en el suelo como si fueran terroristas suicida. Un tráfico que amenaza con comerse la ciudad. Miradas extrañas hacia el blanquito que con zapatillas de deporte suda una camiseta que cuesta lo que un salario medio en la ciudad. Mercadillos donde venden carajés de un aspecto más que insalubre junto a copias perfectas de bañadores Adidas. Y un calor que me perdió en mitad de la ruta.

  • Viaje a Brasil: Gestione su pobreza con inteligencia empresarial.

    Soy uno de los viajeros más torpes del mundo. Cada vez que organizo una visita a un lugar nuevo, empiezo a diseñar mentalmente cómo va a ser mi viaje y sé cómo va a transcurrir: hablaré con gente nueva como si fueran viejos amigos, me moveré con fluidez en el idioma local, castigaré al paladar con las exquisiteces autóctonas y dejaré el país en un reguero de nostalgias y adioses que, como la soga de esos barcos pequeños que cruzan islas cercanas, siempre tendrán una parte de mi corazón en su tierra.

    Lo que pasa luego es que me doy cuenta de que soy un turista y como buen turista espero que todas esas aventuras sucedan, de otro modo me llevo una decepción tremenda y acuso al país de no proporcionarme la experiencia adecuada a mis expectativas, levanto el puño al cielo y juro por mi sangre que nunca más volveré a pisar el suelo de esa nación. Además, jamás me preparo como es debido para la experiencia turista: en Bruselas me presenté con poca idea de francés, sin mapa y sin cámara de fotos en la estación de metro Gare du Midi, que en mi cabeza quería decir: Puerta del Centro (Midi – Medio como buen cognado), es decir, centro, es decir, atracciones turísticas sin peligro de ir a caer en un barrio con gente que destripa gallinas y turistas de manera indistinta. Infelizmente Gare Midi en flamenco es Zuidstation, que ya se parece más a Estación del Sur y Sur, en cualquier lenguaje civilizado quiere decir pobres, muerte y enfermedad. Y así fue: caí en el barrio de los inmigrantes, donde la gente en la calle no lleva cámaras de vídeo sino carros de la compra y en vez de FNACs hay fruterías. Me gustó más Bruselas así que en su versión carta postal, con alemanes chupeteando mejillones y americanos admirando la Grand Place. Me hizo pensar que Bruselas era una ciudad habitable después de todo y que tenía vida detrás de su historia de pasquín informativo.

    Si no has hecho algo así, es que nunca has salido de tu país
    Si no has hecho algo así, es que nunca has salido de tu país.

    Esta forma boba de viajar tiene sus ventajas: con el paso de los años y de los billetes de Ryanair uno ya no espera nada de sus viajes y es entonces cuando le ocurre de todo, y termina reflexionando sobre elementos del viaje en los que uno no repararía si se tratase de un turista con guía en mano o de un aventurero con machete y zurrón. En enero de este año, Alice me propuso visitar su país, Brasil, durante un mes y yo acepté encantado, aunque mi interés por visitar Sudamérica era nulo hasta entonces. En agosto tomamos un avión desde Londres hasta Salvador con escala en Río de Janeiro.

    A los cinco minutos de aterrizar en Río, ya sabía todo lo que tenía que saber sobre los brasileños, su cultura, sus costumbres, sus pecados y su encanto y de alguna manera ya me estaba despidiendo de ellos.  Digo esto porque encuentro muy práctico formarse una idea preconcebida sobre un país una vez que uno pone un pie en el país y no antes. Si yo, por ejemplo, anuncio que los cariocas son presuntuosos sin haber salido de España mi credibilidad como viajero es muchísimo menor que si afirmo que los cariocas son presuntuosos y yo lo sé porque estuve allí dos semanas. Así que yo siempre aconsejo a mis amigos que se formen todos los prejuicios posibles justo cuando lleguen a los países de destino y luego esperar a que lo azaroso del viaje los vaya deshaciendo, poco a poco, como un cuentagotas sobre una terrón de azúcar, hasta que al fin el prejuicio no tenga asideros y uno tenga que aceptar que el mundo es peligro, misterio y alegría y que no sabemos cuáles son las proporciones exactas y que tal vez por eso nos dediquemos a viajar.

    Lo primero que anoté en mi cuaderno sobre mi viaje a Brasil fue tomado en el aeropuerto de Río de Janeiro, mientras esperábamos la conexión con el vuelo a Salvador, fue que uno de los signos inequívocos de la explosión del desarrollo económico de un país es la inundación de las librerías del aeropuerto con libros sobre gestión empresarial, management, liderazgo y demás argot postindustrial. Pensé: en Brasil aún no han llegado las noticias de la caída de Occidente, donde tipos con MBAs y cursos de resolución de conflictos se suicidan desde los edificios más lujosos cuando ven acercarse la muerte de la ideología yuppie. Todo aquello que nos creímos acerca de cómo influir a gente importante, cómo construir tu carrera con racionalidad, cómo invertir en bolsa como un broker de Wall Street tuvo su graduación con honores el día que los empleados de Lehmann Brothers llevaban sus pertenencias, sus esperanzas y su ideología yuppie en cajas de cartón minutos después de ser despedidos.

    Está lección no estaba incluída en las clases del MBA
    Está lección no estaba incluída en las clases del MBA

    Si en Brasil va a ocurrir lo mismo o no, ahora que está en el sendero del crecimiento económico (y por tanto ideológico), tendrá mucho que ver con cuánto de esa ideología queda en el fondo del armario de sus políticos. De momento, los estantes de las librerías de los aeropuertos añaden un elemento peculiar a esta palabrería sobre management, gestión de fondos y cómo hablar en público: Dios. Una gran parte de los libros editados bajo la materia «negocios» incluían la religión como parte consustancial al buen hacer financiero. Títulos de libros tales como: Dios, Mi Jefe de Negocios, Citas de la Biblia para manejar a sus empleados, Qué haría Jesús en su reunión, Dios está en cada despacho de márketing añaden a Dios al ya confuso lingo de los negocios. Ahora tener un negocio próspero o liderar una organización con habilidad no es tan solo una cuestión de conocimiento, capacidad y azar, sino también de gracia divina. Si Dios está de nuestro lado, los beneficios de las empresas florecerán y el país se beneficiará… Pienso todo esto mientras miro a través de los ventanales del aeropuerto y imagino las favelas cubriendo las colinas de Río: si Dios está con los que hacen dinero, ¿qué hará con los que no lo tienen? Terminé por no comprar ningún libro, ya que nos entró la sed y no habíamos dormido bien durante el vuelo desde Londres.

  • ¿Por qué dejar de trabajar? Parte II


    Adoro la película El Club de la Lucha, aunque la verdad, no cuenta nada nuevo. Un joven blanco, de edad media, con un puesto de responsabilidad y un buen salario en una empresa mediana o grande se da cuenta un día de que la razón por la que fue puesto en este mundo es trabajar de 9 a 5 para financiar muebles del IKEA. En un viaje de negocios se encuentra con su opuesto: un joven también blanco, con ideas más cínicas que el protagonista que expele citas que impresionan al protagonista. Entablan una amistad, abandonan sus trabajos y encuentran una solución que transforma la sociedad y el mundo en el que viven. En El Club de la Lucha la solución pasa por montar un club de peleas en los garajes de la ciudad en la que viven. El club se expande hasta convertirse en una sociedad secreta, la cual pretende la destrucción del sistema capitalista por medios terroristas y el establecimiento de una sociedad más libre que surgirá, no se sabe muy bien cómo, de las ruinas. Hablamos de una película anterior al 11 de septiembre entre cuyas secuencias más espectaculares está la demolición de los edificios de oficinas de los bancos más ricos del mundo. La lógica del argumento es: si eliminamos las infraestructuras, el sistema se derrumbará por sí solo. Los ataques a las Torres Gemelas demostraron lo contrario: derribar edificios con bombas o aviones no erosionó el sistema lo más mínimo. Lo pone en evidencia, desde luego, pero también lo justifica. Del terrorismo surgieron dos grandes beneficiados: los medios de comunicación, que pudieron rellenar informativos con otra cosa que no sea deportes y partes meteorológicos, y la industria armamentística.

    Hay todo un género de películas y literatura similares a El Club de la Lucha. El Hombre de Los Dados, de Luke Rhinehart, trata de un psicoanalista harto de su existencia acomodada que decide tomar decisiones conforme lo que le vayan dictando los dados. Trainspotting sigue el mismo trayecto pero en dirección opuesta: el éxito o el fracaso de los protagonistas se mide según su capacidad para integrarse en el estilo de vida corporativo. El viaje de Renton termina cuando abandona la heroína para volver a un estado de aceptabilidad social y éste es nada menos que convertirse en comercial inmobiliario, es decir, encontrar un trabajo asalariado. En ambos casos, el núcleo de los problemas gira en torno a un mismo concepto: cómo los protagonistas aceptan o rechazan el trabajo asalariado. En ninguna de estas obras se pone encima de la mesa qué significa para ellos trabajar: se asume de manera tácita que acudir de 9 a 5 a una oficina es algo que hay que hacer. Aquí encuentro una diferencia en el tratamiento en Trainspotting y en El Club de la Lucha. El componente mágico. En El Club de la Lucha, la solución a los problemas del protagonista, la ansiedad por el estatus, la depresión y el aburrimiento se encuentra en el afuera. En Tyler Durden, en una sociedad de luchadores secreta, en la fantasía extremista de que dinamitando edificios corporativos los integrantes de la sociedad se volverán felices al día siguiente. La lógica subyacente es: si el capitalismo en su versión corporativa es el trauma de la sociedad, eliminemos las corporaciones y habremos creado las condiciones para la felicidad.

    Se trata de ficción, claro, pero démosle un uso a la imaginación: una sociedad secreta dinamita los cimientos del capitalismo, cumplido su cometido se desintegra y nos deja al resto de seres humanos libres de nuestro yugo. Nos encontramos ante las puertas del ansiado paraíso. ¿Qué sucede?

    Nada. No sucede nada. En El Club de la Lucha hacen un interesante guiño a esto, a su manera.

    Me sorprende cómo he organizado mi vida en torno al trabajo. Elijo mis horas para comer según los horarios de la oficina para la que trabajo. Elijo una casa según la comunicación y la accesibilidad al lugar de mi puesto, no según la posibilidad de convertir mi casa en un hogar. Cada vez que me junto con amigos o conocidos desenfundo preguntas sobre qué oficios, qué trabajos, qué salarios manejamos. Cuando tengo pareja, muchas de nuestras conversaciones tienen como fondo a las relaciones con los compañeros de trabajo, las condiciones del empleo, las amenazas de recursos humanos, la habilidad o inutilidad de los jefes, las prisas por las entregas, las sospechas de quien se escaqueaba y quien cumplía. Y, por supuesto, me levanto, algunos días, con el estómago al revés, me arrastro hasta la ducha, desayuno cualquier cosa, me enfundo el traje y luego me dejo ir hasta la oficina.

    Dos pensamientos han sostenido este ritual durante diez años. Uno, que la causa de que renuncie a la libertad de levantarme a la hora que me venga en gana es totalmente ajena a mí. En este mundo uno necesita dinero, el dinero se consigue trabajando, la manera de conseguir dinero rápido y seguro es trabajando de 9 a 5 en una corporación. No es culpa mía. Dos, algún día, cuando tenga suficiente dinero, no tendré que trabajar, podré hacer un corte de mangas al sistema y seré feliz. Voy a subrayar esto, que está en futuro simple: seré. Repensemos estas dos afirmaciones. La primera excusa arroja la miseria personal a las abstracciones: las empresas, los bancos, en fin, todo lo que no soy yo es causante de mi estrés. La segunda es el pensamiento mágico: algo ocurrirá que me salvará. Esto es como estar en un edificio en llamas y negarme a salir de mi cama porque los bomberos tienen que venir a rescatarme, que para algo pago sus salarios con mis impuestos.

    Pues bien, si todo esto acabara, si de repente mañana un grupo terrorista destruyera todas las empresas, y sorprendentemente no quisiera asirse al poder y nos dejara a nuestro libre albedrío, o la crisis se llevara por delante a toda la gente mala que puebla el gobierno, la industria, si solo quedaramos la buena gente de este mundo, como soy yo y todos los sufridos trabajadores de las corporaciones… No pasaría nada. O quizá sí: a mí me invadiría una ansiedad terrible. Mi mundo ha consistido en obedecer esos dos pensamientos: la culpa de mi miseria es ajena y la felicidad vendrá cuando deje de sentir la bota en mi cabeza. La democracia llegará cuando la gente se eche a la calle, las mujeres me querrán cuando dejen de fijarse en los mazados del gimnasio, podré dejar de trabajar cuando las empresas no me exploten. Todo eso no existe ahora. Ya no hay opresiones externas. Ahora me toca a mí. Como el protagonista de El Club de la Lucha estoy solo frente a mi dolor. Y estoy aterrorizado.

  • ¿Por qué dejar de trabajar? Primera parte.

    Hoy fue mi último día en mi oficina. Se cumple un mes desde que me senté con mi jefe en uno de los despachos y le comuniqué mi renuncia a mi puesto de trabajo, con carácter irrevocable. No creo que le sorprendiera. En los dos últimos años, el conteo de víctimas de la desidia que se respira la organización ha ido aumentando. Éramos un banco grande y hoy somos una oficina agonizante en Moorgate, en la vieja City de Londres. La ocupación de nuestra planta es de solo un diez por ciento.

    Así que comenzamos en ese momento con las formalidades. Que qué era lo que causaba mi despedida. Dicho así, parece que la organización sufre una falta de autoestima preocupante. Son preguntas como las de un novio que ante la inminente ruptura quisiera saber qué ha hecho mal. Mi respuesta parecía aprendida de memoria: no eres tú, soy yo. Y no mentía, porque no tenía necesidad de hacerlo. Pasamos a quién va a ser la siguiente. Vuelve a mi cabeza la imagen del ex-novio despechado: ¿y a quién te vas a tirar ahora?

    Le respondí que a nadie. Mi jefe frunció el ceño, insatisfecho con la respuesta. Pensó con toda seguridad que le había estado tomando el pelo. Me siento tentado de ponerme poético, de decirle que quiero descansar, aprender de la vida, pero minutos antes de entrar a este despacho me he prometido ser honesto. No tengo ningún otro trabajo asegurado. No tengo ningún negocio entre manos. No tengo ningún proyecto. ¿Qué vas a hacer? me pregunta, ahora sí, con ironía.

    Estoy sentado en el sillón de la peluquería. Nunca volveré a esta peluquería, y no porque no me gusta como cortan el pelo. En primer lugar, es cara, veintiséis libras con las cuales podría apurar otros tres cortes de pelo en cualquier barbero turco en Stoke Newington. El segundo motivo es mucho más siniestro. Aquí no remojan el pelo como en las peluquerías en España o en otros sitios, en las cuales el peluquero te reclina boca arriba, el cuello apoyado con suavidad contra la pileta, de manera que uno puede ver en todo momento qué se trae el peluquero entre manos. Aquí el procedimiento es otro: el cliente hunde la cabeza boca abajo en la pileta, y la peluquera sostiene la nuca mientras lava los cabellos. Nunca pregunta si el agua está demasiado caliente o fría; sin embargo sí pregunta si puede usar la cuchilla para repasar la línea de la barba. La pregunta ya contiene una sospecha: ¿por qué iba yo a dudar de su capacidad para contenerse y no rebanarme la yugular?

    Esta peluquera es polaca y deja entrever que aún no está hecha a los usos y modos del silencioso carácter inglés. Por eso me pregunta, en un tono y un acento inaudible. Quiere saber quién soy. Y le digo que hoy era mi último día en mi empresa. Me anticipo a su interrogatorio y aclaro que no tengo intención de trabajar y que mi único proyecto es el de sentarme en un banco, si hace sol, y esperar a que algo ocurra. Sonríe y me pregunta si tengo ahorros. Demoro la respuesta, y ella detiene la cuchilla en un gesto involuntario. Respondo que sí y parece aliviada. Aún tengo dinero para pagar.

    Parece obsceno, proverbialmente hablando, dejar un trabajo con la que está cayendo. Ese mismo epíteto me dedicó un conocido al que le confesé mi macerada aversión al trabajo. Es obsceno. Es obsceno que con casi seis millones de parados en tu país decida, de un día para otro, abandonar mi trabajo en la capital financiera de Europa, renunciando a un salario tres veces mayor al de cualquier ingeniero en Madrid y que cualquier licenciado español suspiraría por tener. Le hago ver que dejar un trabajo es ofrecer la oportunidad a algún licenciado a levantarse un buen sueldo. Ahora que no estoy yo, que entren otros. Yo ya cumplí mi parte del pacto. Los seis años de carrera, dos de ellos trabajando, sin una sola beca. Las clases de inglés, autofinanciadas. Los tres meses en Francia, también de mi bolsillo. Como el curso de alemán. O la semana encerrado en un hotel en las afueras de Londres, aprendiendo las tripas de aquella base de datos que nunca utilicé. Más cursos de «actualización de conocimientos», en derivados financieros. Yo lo hice todo, llegué hasta aquí y ahora estoy cansado, y no quiero trabajar.

    Declarar así, a corazón abierto, que uno rechaza el trabajo asalariado lo convierte, de alguna manera, en el centro de un espectáculo involuntario. Los tipos de personas que se me acercan se dividen según la agenda que tengan para mí, la semántica que le quieran dar a mi gesto. Los hay que ven en ello una cuestión política, que mis lecturas marxistas de juventud han ido fraguando a lo largo de los años y ahora estoy deglutiendo los frutos. No predico yo que uno deje su trabajo y se una a la sección sindical o al partido comunista más cercano. Además, esto no es un manifiesto. Tal vez vuelva mañana a mi carrera. Tal vez vuelva nunca. Tan solo sé que no quiero trabajar más.

    Los hay que indagan y sacan razones antropológicas: que el hombre siempre ha trabajado. Habría que tomar estos razonamientos con precaución. Porque yo no dejo de trabajar (este escrito, por ejemplo, es trabajo: pongo mi energía, mi tiempo, mi ser en él, lo corrijo, contrasto referencias, lo envío a mis correctores). Yo dejo de trabajar como asalariado, es decir, para alguien que me da un sueldo y ha cambio obtiene beneficios. Y la antropología del trabajo asalariado no se remonta más allá de dos siglos. También hay quien dice que sin trabajo no se puede vivir, salvo que a uno le toque la lotería. Entonces llevo razón: lo que se necesita para subsistir en una economía dineraria es dinero, no trabajo asalariado.

    Me puede el miedo y es justo que así sea, porque desde que tengo edad legal no he hecho otra cosa más que trabajar. No conozco otra cosa. No conocía los lunes por la mañana o los miércoles a medio día lejos de un complejo de oficinas. De hecho no sabía que existían: para mí, eran territorios propiedad de jubilados y parados, y eso ya dice mucho de mis propios prejuicios. Yo no soy jubilado ni tampoco parado (¿qué validez tendría mi gesto si mitigara el miedo con el paro, con una pensión, con el trabajo de otros?) Ahora habito los mismos tiempos, los mismos lugares que ellos. No puede ser de otra manera. La semana está estructurada conforme a la jornada laboral, de lunes a viernes, así que no puedo llamar a nadie, no puedo quedar con nadie hasta eso de las seis de la tarde. Si es que, claro, alguien quiere quedar conmigo ahora que no trabajo. Después de ocho horas en la oficina quedan ciento y pico cosas que realizar: por ejemplo, hacer la compra. O ver a la novia. O visitar a los padres. La expresión «hacer vida» fuera de la oficina reverbera en mi cabeza: hacer vida tras la oficina, la oficina como negación de la vida.

    No hago un manifiesto de la vida sencilla. Nadie te prepara para esta soledad. Sigo.

  • Son más. El residente de Hackney contra Facebook.

    El Regent’s Canal es uno de los paseos más escondidos y admirados del norte de Londres. Se trata de un canal que recorre la parte septentrional de la ciudad y desemboca en el Támesis, y que fue ideado para pequeños cargos que quisieran transportar mercancías hasta las Docklands, en el extremo oriental del río londinense. El desarrollo del transporte por tierra a lo largo del siglo XX convirtió el canal en una zona de esparcimiento: se asfaltaron las orillas, se acondicionaron los accesos y se permitió que pequeños barcos vivienda anclaran en ciertas partes del canal. Se abrieron escuelas de piragüismo y se fomentó la protección de la flora y fauna del lugar.

    El 27 de febrero de este año se abrió una página en Facebook, Canalival, que animaba a los londinenses a hacerse con un bote de plástico y arrojarse al canal el día 1 de junio, efeméride del jubileo de la Reina, en la que sería, según los propios organizadores, la primera de muchas celebraciones de un carnaval diferente, en directa competición con el de Notting Hill.

    No sé quién o quiénes me hicieron llegar la invitación, seguramente algún contacto del Facebook. El asunto no me interesó en aquel momento y rechacé apuntarme a la página y me olvidé. Dalston, el barrio donde vivo, queda a trescientos metros de las orillas del canal y es también hogar de miles de jóvenes trabajadores de las industrias creativas, que han encontrado en esta zona un lugar barato donde instalar sus estudios independientes, ahora que Shoreditch y Hoxton han sido conquistados por las start up más poderosas. También es zona de marcha en la que el postureo alcanza niveles caníbales. El Canalival tenía como público objetivo este barrio y a estos trabajadores o habitantes, a tenor de la parafernalia en torno al evento: que si twits, que si lomografía, que si ironía en cada post. Cuántos de estos chicos habían bajado alguna vez al canal antes de saber del Canalival, no lo sé, pero lo que es a mí, la idea de tocar el agua del Regent’s Canal con alguna parte de mi cuerpo me da dentera. La profundidad del agua no debe superar los cincuenta centímetros y aún así la viscosidad de la misma es tal que hay que hacer esfuerzos para saber de qué está cubierto el fondo: ¿algas? ¿bicicletas? Los barcos-residencia dejan su poso de gasoil a lo largo del río artificial, y la porquería que los paseantes lanzan, junto a la que ya desciende del canal, completan el cuadro de cómo pinta la composición del agua. He leído por ahí que incluso el agua está infectada por una bacteria poco agradable. No me baño yo.

    Aún así la página prosiguió con su aliento entusiasta y hasta cuatro mil personas se apuntaron al evento. En números de Facebook cuatro mil Me gusta pueden no parecer mucho, pero aquí estamos hablando de cuatro mil personas que potencialmente van a arrojarse en balsas de goma a un río artificial de no más cinco metros de ancho, a lo largo de, más o menos tres kilómetros de largo, que es la parte del canal de fácil acceso desde los barrios adyacentes. Son también cuatro mil personas que generarán la basura, excrementos y el ruido de cuatro mil personas que van a pasárselo bien, en un lugar público sin aseos, acceso a servicios de emergencias, ni agua (salvo la del propio canal).

    Pero cuando la diversión prima sobre la razón, y el Time Out te dedica unos párrafos benevolentes ¿qué se puede hacer? Si te va la marcha, ponerte el bañador, llamar a unos amigos y comprar unas cervezas. Si eres un residente, resignación, cubos de zotal y muchas bolsas de basura. Si eres el concejal de urbanismo del barrio (el Hackney Council), prohibirlo. Y así hicieron. Prohibieron el evento. Lanzarse al canal puede ser divertido pero el cauce contiene patógenos, botellas rotas, barcos motorizados y además es el hábitat natural de varias especies. Así que se cancela. Sin embargo, los organizadores deciden que no es buena idea decepcionar a tanta gente de sopetón y deciden publicar la cancelación dos días antes de la fecha. Si recibieron el toque ese mismo día o varias semanas antes, no se sabe con certeza; que tuvieron tiempo de sobra para arreglar permisos, seguros y demás, sí, al menos desde el 27 de febrero. Hasta 3500 libras se recaudaron gracias a donaciones. No se trataba de una broma: hasta ellos aseguraban en la página de recaudación que el ayuntamiento les había dado permiso. Un disparate.

    Así que el día 1 de junio se presentan cientos de fans de la página y amigos de éstos, con botes inflables, gafas de sol, cámaras de fotos y alcohol, en el canal. Quizá se llega al millar. La tarde es calurosa, es sábado y el verano está al caer: qué más queremos. En Londres no tenemos playa ni piedad meteorológica. Las tardes más placenteras no están exentas de miradas nerviosas a cúmulos y estratos en el horizonte. Es sábado y al día siguiente no hay que trabajar, la idea de lanzarse al canal en un flotador con forma de patito es ridícula, bárbara, irónica, británica.

    Al día siguiente toca resaca y cinco toneladas de basura, orines, botellas rotas, nidos despedazados, colillas flotando en la corriente y residentes disgustados por el improptu indie. Al residente, que es a quien le toca recoger la mierda, le queda la indignación ante la injusticia de una fiesta a la que él no había sido invitado, y así lo hace valer en la página Facebook. Hasta se anima a crear una página para conseguir que se destierren ocurrencias similares en el futuro. Con más o menos elocuencia se hace explicar y cuenta que una tarde de diversión para unos cuantos supone una pesadilla para otros: niños que se cortan con los cristales abiertos, corredores que resbalan en las deposiciones de los fiesteros y lo peor, que la puesta de huevos de las aves del lugar ha sido interrumpida. Algún periódico local se moja y enmarca el evento como desastre.

    Y a todo esto, ¿qué dicen los organizadores? Uno esperaría una disculpa. O nada. O más bien, poco. Se justifican en el hecho de que ellos habían cancelado la fiesta dos días antes. Pero acorralados, muerden y muerden con la arrogancia del que piensa que su gesta es más valiente, más merecedera: los que se molestan son unos aguafiestas. Lo importante es el derecho a la diversión, y contra eso solo se oponen los mezquinos. Y como prueba hacen recuento del número de visitantes de las páginas en contra de Canalival y los comparan con el número de asistentes a la fiesta: está claro que cuatro mil seguidores no pueden equivocarse. Son más. Ahí están las fotos. De gente sonriendo, en botes de plástico. En el canal. No pueden estar haciendo algo malo. Son más.

    Más info en inglés:

    http://news.hackney.gov.uk/mayor-jules-pipe-condemns-canalival-event/

    http://hackneycitizen.co.uk/2013/06/03/regents-canal-floating-festival-canalival-aftermath-anarchy/