Autor: Raúl Quirós Molina

  • ¿Por dónde empiezo? Hablando con supervivientes de ablación en Londres.

    En febrero de 2014, Melissa Dean, la directora artística de BAREtruth theatre, me propuso crear un nuevo show que definiera la estrategia artística de la compañía. El primer espectáculo de BAREtruth estuvo basado en Theatre UnCUT, la respuesta teatral a los recortes en el gasto público que se habían llevado a cabo en el Reino Unido durante la legislatura Tory. Dicho espectáculo fue muy bien recibido en Londres (a pesar de tratarse de una lectura dramatizada). Ya desde su inicio parecía claro que BAREtruth quería proponerse como una compañía que quería trabajar con temas controvertidos, algo que a mi entender, es bastante necesario en la escena londinense y en cualquier escena artística que se precie. Después de varias entrevistas, Melissa me ofreció el puesto de ayudante de dirección artístico y yo acepté.

    El primer espectáculo de la compañía abordaría lo que en el mundo anglosajón viene a llamarse FGM o Female Genitalia Mutilation, que ha sido traducido por los medios españoles por la no menos cruenta expresión «ablación del clítoris«. Con todo, la expresión inglesa es más certera, ya que la práctica de la mutilación femenina no se limita solamente a la ablación del clítoris sino que también incluye la infibulación (cosido de la vagina), la extirpación de los labios menores e inferiores, así como el corte, la perforación o la abrasión de los genitales femeninos por razones no estrictamente médicas. La razón para escoger este tema residía en que hacía poco menos de dos meses se habían iniciado el primer proceso judicial contra dos personas envueltas en un caso de infibulación (cosido de la vagina) en el Whittington Hospital en el Norte de Londres, y esto había creado una ola de interés social en mucho tiempo. Periódicos como The Guardian, o Evening Standard, y la aparición de portavoces como Fahma Mohammed o Leyla Hussein habían traído a las portadas una práctica oculta que afectaba a más de 60000 mujeres en el Reino Unido y a 125 millones en todo el mundo. Existen países como Somalia o Egipto, donde la mutilación femenina alcanza porcentajes de hasta el 95%.

    Melissa me pidió escribir una pequeña pieza «verbatim» para el show. Esto quiere decir que tendría la oportunidad de entrevistar a supervivientes, líderes locales, trabajadores y otras personas del entorno y plasmar sus palabras, tal y como ellos las expresaran, en una obra. No se trataría de una obra «basada en» o «inspirada en» las entrevistas que mantuviera con estas personas sino que sería sus testimonios literales los que serían actuados en escena. Esta obra se llamaría a la postre «Where do I start?» (¿Por dónde empiezo?), formaría parte del show Little Stitches (Pequeños puntos de sutura) y se estrenaría a finales de agosto del 2014 en el Theatre 503 de Battersea, Londres.

    Escribir una obra de estas características es un sueño para cualquier escritor. A lo largo de mi carrera como dramaturgo, siempre he considerado que el teatro es una poderosa herramienta para transformar el mundo que nos rodea. La denuncia sobre el papel es muy útil contra la injusticia prevalente en el mundo, pero la escena nos toca a través de los sentidos. Además, iba a sentarme con abogados pro derechos humanos, trabajadores sociales, voluntarios que habían viajado a países en guerra para educar a las mujeres acerca de su salud sexual, gente que empoderaba a los más desfavorecidos y lo continuaba haciendo año tras año.

    Tras varios meses de investigación, ya había leído todo el material relevante en lo que se refiere a la mutilación genital femenina. Había leído todos los libros, estudiado minuciosamente todos los documentales y películas, asistido a decenas de conferencias y atendido varias mesas redondas. Ya había mantenido varias conversaciones con activistas y líderes comunitarios que habían expresado sus opiniones con contundencia y severidad. La obra estaba casi escrita. Ya sabía qué forma y que imágenes contenía, qué mensaje iba a enviar al público. Tan solo necesitaba sentarme con un par de supervivientes para certificar lo que ya había descubierto.

    Pero me equivoqué. La primera entrevista que mantuve con una superviviente lo transformó todo radicalmente. Estaba equivocado y tenía que comenzar a escribir la pieza de nuevo.

    * * *

    En ocasiones se nos pregunta a los escritores, los actores, los directores de teatro por qué hacemos lo que hacemos. Y nuestras respuestas, la mayoría de las veces, no son más que un eco en el vacío, como la declamación de un mal poema en un auditorio sin gente. Hacemos teatro porque lanza preguntas sobre nuestro mundo, porque nos preocupa la sociedad, porque queremos denunciar la injusticia. Esto en realidad no significa gran cosa. No significa nada. Es una mentira de tan repetida se ha vuelto peligrosa. ¿Nos creemos lo que decimos, cuando decimos que nos preocupa la verdad? ¿Hemos sopesado las consecuencias artísticas de ser fundamentalmente honestos?

    Durante mi primera entrevista con una superviviente de este abuso, me di cuenta que la primera tarea, la más importante antes de escribir siquiera una sola línea de la obra, era la de revisar a qué llamamos verdad en el teatro. Porque sucede que en ocasiones los actores, los escritores y los directores nos interponemos entre una historia y su verdad. Que irrumpimos en el dibuo de nuestros personajes, que las verdades que precisan ser dichas quedan a medias tintas y a medio decir, y por completo falsificadas por nuestras asunciones y privilegios.

    La primera pregunta que Felicity me realizó cuando me senté en una habitación de Manor Gardens, y que es la línea que abre fuego en mi obra, fue la siguiente:

    FELICITY – ¿Por dónde empiezo? ¿En el momento en que me cortaron?

    La persona que se sentaba frente a mí dictó estas palabras como si de una máquina se tratase. Como si le hubiese pedido recordar, detallar, explicar cien y mil veces como había sido su experiencia; en los talleres que impartía, en las entrevistas que concedía, en su trabajo como activista, en las preguntas a la prensa y otros escritores; dejó caer estas palabras porque asumía que cualquier persona interesada en su experiencia querría saber de inmediato los detalles cruentos del corte. Y eso era exactamente lo que yo quería. Antes de entrar a esa habitación donde Felicity me esperaba tranquilamente, ya sabía lo que quería que me contara y ella había asumido que eso era lo que yo quería saber: si le había dolido, si odiaba a quien la había cortado, y cómo se sentía hoy día.

    Cuando uno escribe sobre asuntos como éste que han generado tantísimo sufrimiento y que se han originado desde tiempos remotos como es el caso de la ablación del clítoris, distinguir entre un teatro de activismo y un teatro que sea verdadero puede ser borrosa. Como ciudadanos concienciados queremos erradicar esta aberración y poner nuestra pluma a trabajar por un mundo más justo. Y, desde luego, el teatro puede ayudar a aproximarnos a lo que ocurre en el mundo; mas como arma para el activismo, es falible. No puede competir con el documental televisivo, que puede ser irradiado a todo el mundo, le falta la espectacularidad del cine con sus luces y contraluces, por último, el teatro no se lleva muy bien con las estadísticas y los números ya que éstos acercan las obras al tedio más que a la revelación. La realidad es que cualquier pieza de teatro, incluso la más rabiosamente política, se fundamenta en una verdad muy simple: una historia sencilla que solo alcanza a unos pocos espectadores en un audiotorio. Incluso en la obra de dimensión más épica, el teatro se enraíza en minucias. No se trata sino del recuento de lo que le pasa a un personaje a través de sus defectos, sus dudas, sus fobias y las situaciones en las que se deja caer; en última instancia, una obra de teatro se cierra con los descubrimientos de este personaje. Una bombilla que se funde en el peor momento. Un hombre que nunca acude a una cita. Un pequeño animal de vidrio que se rompe. Una carta con malas noticias. El teatro cuenta sus historias a través de elementos tan insípidos como estos y por ello es tan poderoso, porque nos apela a través de lo cotidiano, de los objetos y situaciones frugales que nos rodean cada día. Y estos detalles, por sí mismos, parecen lo contrario a lo que se precisa para enviar un mensaje de cambio al mundo.

    Aquella tarde estaba sentado frente a una persona que había sufrido una injusticia tremenda. Estaba escuchando a una superviviente, pero también a una chica con un novio escocés a quién tenía que esconder de su familia, al menos hasta que se casaran o ella se quedara embarazada. Una chica que ya ha decidido qué nombres le va a poner a sus hijos, Adam y Sarah, y a quien le encantaría trabajar con críos aunque le asusta las injusticias que a veces sufren. Una chica a quien le gusta la playa, que ha visitado España y que tiene curiosidad por saber cómo es Cuba. También me contó que fue mutilada en Somalia, que vio la catástrofe de la guerra allí y que tuvo que emigrar al Reino Unido sin conocer la lengua ni la cultura. Dice que sus mejillas regordetas la hacen parece más joven de lo que es, pero en realidad es la manera que tiene de mirar.

    Felicity no es el producto de una cicatriz, o una entre las 137000 mujeres mutiladas que viven en el Reino Unido. La obra que escribí contiene todos los detalles, las cifras, los debates que a veces se escuchan entre políticos y activistas, entre abogados y detractores, pero una vez que todo ha terminado, que el debate ya no da para más, una vez que todo el mundo ya ha salido del foco de atención, Felicity toma la escena y poco a poco, sin dramatismos ni aspavientos, se digna a recordar su historia, en sus propias palabras, sin necesitar de un escritor que la traduzca, la corrija o le diga cómo tiene que decirlo. De ahí viene la fuerza del teatro: de voces verdaderas como la suya.

    Las supervivientes de la ablación necesitan de los abogados, de los activistas, de los periódicos para que cuenten al mundo quiénes son y por qué luchan, necesitan de directores de cine para que aparezcan en pantalla, pero también necesitan del teatro para explicar que son mucho más que un caso, una sobreviviente, una historia de interés: son su propia voz, y eso es de lo que trata «¿Por dónde empiezo?». De conceder a mujeres como Felicity ser escuchadas sin filtraje, sin agendas, sin una conclusión premeditada. Conceder a mujeres como Felicity empezar su historia desde donde ella quiera.

  • Cuando lo que deseas nunca llega

    Andy Warhol, uno de los grandes pensadores del siglo XX muy a su pesar, relata en su Mi filosofía de A a B y de B a A que aquello que uno quiere con toda su alma, eso que uno desea por encima del mundo, solo lo consigue cuando ya ha perdido el interés por completo. El dinero, la fama, los amigos solo se los encuentra uno cuando ya no los busca.

    Incluso haciendo una lectura irónica del enunciado, hay una críptica verdad en el asunto. La intensidad de nuestro deseo acaba por transformar el objeto de nuestra ansia, hasta deformarlo o destruirlo. Pensaba en La Tragedia de Romeo y Julieta, de Shakespeare donde los amantes, una vez encontrados el uno con el otro, deciden aniquilarse, o las múltiples versiones del Don Juan en las cuales el desencanto de Don Juan se da justo cuando la candidata deja de serlo y se entrega, convirtiéndose en otra. La pretendida era misterio y pudor, freno; la conquistada es sumisión, despecho, melancolía y muerte, ya es otra y nunca más será la deseada. Solo la Muerte a la que Don Juan llegará a conocer es la amante ideal, pues es una amante que no cambia nunca.

    Cuando uno desea que algo ocurra con todas sus fuerzas, y espera obtener una recompensa futura a expensas del sufrimiento presente parece que la vida se suspende y la alegría se escurre entre las mallas de este deseo. El día a día es un acto de masoquismo en el cual la única forma de obtener placer de la existencia es habitando en lo profundo de nuestro ser la posibilidad de reunirnos en algún momento con aquello que anhelamos. El único placer es el placer de la fantasía. El placer de los vapores de la posibilidad, de la ahogada persecución, de la constante lucha por alcanzar la zanahoria que seguimos empujando ciegamente.

    Como con el inversor bancario más convencido, no existe fin en esta búsqueda (en el caso de nuestro banquero, no hay límite para ganar dinero), no hay barrera o tope salvo que las que disponga la naturaleza o la finitud de nuestras vidas. Ocurre con frecuencia que la persecución se convierte en la misión en sí, en la cual el objeto ya no importa, ya puede ser olvidado y solo queda ir hacia delante y hacia delante; una vez deformado o destruído nuestro objeto de deseo, ¿qué queda frente a nosotros? Nada, salvo continuar deseando y destruyendo nuevas cosas, querer más para dejar atrás más rápidamente, y encomendar nuestro paraíso a una fantasía eterna en la que la tierra yerma que estamos se poblará de flores y Evas y Adanes de piel aterciopelada.

    Sucede también que a uno le vence esta orgía de encarnizada búsqueda y a veces, se detiene. El ciclista que se para a mitad de la escalada del Tourmalet o el corredor que abandona a dos kilómetros de la meta; el broker que se retira a una viña y dona todo su dinero a paliar los desastres de su especulación, el escritor que decide no imprimir una línea más. Se anula el deseo, el objetivo, las metas y la vida parece que resume su curso incierto y atado a los azares de las leyes cósmicas.

    Sucede entonces que los objetos que perseguíamos, los amigos, la fama, el dinero se presentan ante nuestros sentidos más limpios que cuando nuestra ansiedad los imaginaba. Aparecen así, desnudos como Adán y Eva ante los ojos del iracundo Dios que ansiaba una réplica de sí mismo y terminó por expulsar esta réplica de Su Paraíso (y Dios, ¿en qué ansiedades andará sumergido ahora, tan lejos de aquellos dos seres que se amaban y le daban nombre a las cosas que él había creado? ¿Cómo serán la soledad y el deseo de un Dios?)

    Y vistos desnudos, los objetos no tienen las guirnaldas ni el confetti con que los aderazaba nuestra ansia. Están ahí, puestos en frente de nosotros, sin significado, sin destino.

    Ocurre entonces que uno entiende por fin que en el transcurso frenético del tiempo hay poco por lo que merezca abandonarse a una búsqueda tan desesperada. Que ni el mayor de los esfuerzos está guiado por nuestra inteligencia o nuestras emociones, sino que lo que tenemos en la vida es una casualidad cosmológica sobre la que tenemos poco control. Quién somos, qué queremos y cómo lo conseguimos es tan azaroso como el circuito de los universos.

    Solo entonces aquello conseguimos lo que tanto habíamos buscado y no hallado. Justo igual que lo que decía Warhol. Uno consigue las cosas cuando ya no las quiere más.

    Eso es.

    Eso mismo.

  • Todo lo que no perdimos en nuestros años de la cocaína

    No perdimos ni un solo año en la cocaína. Ni uno solo. Aunque quieran hacérnoslo creer. Siempre quedarán para nuestra literatura íntima los apartamentos donde el camello nos invitaba a un tiro en una mesa de cristal cubierta de restos de tabaco y marcas de vasos. Los dueños de bar que te conducían detrás de la barra y te presentaba a dos veinteañearas tatuadas con los ojos y nariz irritados que se irían de marcha contigo si resultabas ser un comprador simpático. El amigo que hacía diez años que no veías, y que a los cinco minutos te estaba invitando a meterte en los baños de un bar de tapas, a las ocho de la tarde.

    Era nuestro club y nos reconocíamos al instante. Nunca se lo podríamos hacer entender a nuestras novias, a nuestros hermanos, a nuestros padres. Sabíamos quiénes éramos, y podíamos acudir unos a los otros si el teléfono mágico nos daba fuera de cobertura. Podíamos invitar a una copa y a cambio, rezaríamos con la cocaína de otros. Sí, había algo chamánico en encerrarse cuatro desconocidos en un automóvil y terminar compartiendo el nevadito. Y comprobar que no éstabamos tan alejados uno del otro: yo conozco esta canción, tu hermana fue a mi instituto, ese chiste ya lo has contado.

    ¿Quiénes eran todos esos que noche tras noche, cuando el club cerraba optaban por pasar la mañana en el salón del piso de un desconocido? ¿Quiénes eran esos compañeros de habitación que se levantaban con nuestra llegada y se apuntaban al círculo, y celebraban con nosotros la muerte de la noche y la horrible constatación de la mañana? El amanecer nos era tan extraño como esos ancianos que pasean al perro a las cuatro de la madrugada.

    Luego llegó el castigo y la monserga, y Dios, luego llegó el Dios iracundo y vengativo, el Dios ansioso, paternal, obsesivo, insomne, el Dios de la salud y la rehabilitación, el Dios del porvenir, el Dios adulto, el Dios responsable, el Dios sobrio, el Dios deportista, el Dios de la normalidad.

    Ya no volverás a entrar en el círculo salvo en una reunión nostálgica, en una sesión remember en las que todos están más gordos, o más feos, o más idiotas, o más casnados. No será lo mismo que fue pertencer a nadie salvo a la coca. No a cualquier coca, sino a esa coca que tomamos cuando no sabíamos que era, no la coca que toma por aburrimiento, o por adicción, no la coca como enfermedad, o necesidad, o histeria, no. La coca cuya única falta fue descifrar cuán débiles somos, cuán frágil es el material del que estamos hechos, lo solos que estamos.

  • Un día fui a montar en bicicleta y no volví

    Un día fui a montar en bicicleta y no volví

    Uno de los recuerdos que más gracia me hace contar es paradójicamente el de una de las experiencias más duras que he sufrido en mi vida. Cuando tenía trece años adoraba montar en bicicleta. Había heredado de mi tío una mountain bike que pesaba un quintal y que se estropeaba con frecuencia. Este contratiempo, lejos de convertirse en un incordio, añadía entretenimiento a la afición. Hay algo profundamente sencillo y humano en reparar objetos con las manos y la bicicleta se ofrecía cada semana a una nueva revisión. Con esa bicicleta aprendí a ajustar cambios, calibrar ruedas y tensar frenos. Ya lo he olvidado casi todo lo referente a mecánica ciclista – hace casi veinte años que no monto – pero el recuerdo cálido de darle la vuelta al cachivache y hacer girar el pedal para comprobar con placer que la rueda no se desviaba ni un milímetro en su rotación aún permanece en mi memoria.

    Una expedición desafortunada

    Una mañana, un grupo de amigos del barrio decidimos hacer una excursión al Parque Natural de Alcalá de Henares, que es un terreno perfecto para hacer expediciones emocionantes y de bajo riesgo. Es también lo bastante amplio como para perderse pero no tan vasto como para que uno necesite llamar a la Guardia Civil si se sale de las rutas conocidas.
    Después de una noche de tormenta veraniega, siete u ocho chicos nos encontramos a la entrada del parque. Las trillas estaban embarradas a causa de la lluvia y tras cinco minutos de pedaleo en el lodo, paramos y debatimos si era apropiado continuar. Tres o cuatro consideraron que la ruta era demasiado difícil para que el paseo fuese agradable, pero el otro grupo, en el que yo me encontraba, hallamos en ese obstáculo la posibilidad del reto: una aventura. Nos separamos, quedamos en volvernos a ver por la tarde y los más ambiciosos nos arrojamos con nuestras bicis al mayor barrizal que he conocido hasta ahora.
    Recuerdo que en los primeros momentos de la expedición se mezclaban la emoción por tener el parque para nosotros solos y la inconveniencia de tener que parar cada cinco minutos a quitar el barro de las ruedas de nuestras bicicletas. Nos ayudábamos unos a otros en la dificultad, nos gastábamos bromas, había inocencia en todo el asunto. Después, avanzar por el barro fue imposible y decidimos que sería mejor alcanzar la carretera con la bicicleta a cuestas.  Las energías se evaporaron y la camaradería dio paso a la ayuda silenciosa a los miembros del grupo más rezagados. Cuando esto falló, al reproche velado, a las bocas torcidas y en los últimos momentos, a negar la ayuda. En una de estas, yo me quedé atrás. Muy atrás.

    La soledad

    Mi bicicleta era, con diferencia, la que más pesaba de todas y yo el más enclenque del grupo. Durante gran parte de la travesía había empleado muchas energías en ayudar a otros sin hacer cuentas de que lo que yo venía arrastrando desde mi casa era un monstruo que pesaba dos veces más que las bicicletas de fibra de carbono de mis colegas. Las piernas empezaron a temblar y varias veces caí de rodillas al barro, así, con cierto patetismo de héroe derrotado en la batalla. Al menos a mí me gusta imaginarlo así. Con seguridad la imagen era mucho más inocente, ya que solo tenía 13 años y poco tiempo me había concedido los dioses para convertirme en héroe. Mis compañeros abandonaron toda esperanza de terminar la aventura en grupo y cada uno hizo lo que pudo para salir del entuerto por su cuenta. Yo me quedé atrás, y no volvieron. ¿Quién les puede culpar? En ese momento les desee la muerte, y cuando hace un par de años supe que uno de ellos había muerto en un accidente de tráfico, me invadió una gran culpa, como si mi deseo preadolescente hubiese tenido algo de premonitorio. Ni que decir que ya no le deseo la muerte a nadie.

    La escapada de sí mismo

    Con todo, logré salir con vida de la trilla, después de llorar, gritar, insultar y resignarme a que, lo quisiera o no, tenía que escapar de aquella tortura por mi cuenta. La verdad, y creo que esta es la primera vez que lo descubro y lo pongo así, en blanco sobre negro, en ese momento sentí mucho miedo. No tenía miedo a morirme allí, porque a pesar de tener trece años era más espabilado de lo que se pueda seguir de esta confesión que estoy escribiendo. En cualquier momento podía dejar la bicicleta allí tirada, dar la vuelta y llegar a mi casa andando. Luego, sería cuestión de explicar lo acontecido, recibir la regañina parental, ser perdonado y con la resiliencia que le es natural a mi padre, ir juntos al día siguiente a encontrar los restos de la bici y de mi dignidad.
    A lo que tenía pánico es a la vergüenza a la que me expondría al pensar qué dirían de mí mis amigos, mis padres, la Guardia Civil, Dios (sí, él mismo) de todo el asunto. A lo que tenía miedo es a no parecer un Aquiles, sino un Filoctetes. A lo que tenía miedo es a descubrir que tenía miedo, cansancio; a que en este mundo, a pesar de mis amigos huidizos, mi padre, mi madre, los picoletos y el Señor estaba solo y era lo más lejano a un héroe.

    La mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa.
    Pascal

  • La maratón clásica de Atenas

    El ritual y el maratón

    Este fin de semana corrí la maratón clásico de Atenas, que lleva desde la ciudad de Maratón hasta Atenas. Presumen los organizadores de organizar el auténtico maratón, y esta afirmación es aún más divertida por extraña, pues quiere dar a entender que estos 42 kilómetros tienen más autenticidad que otros 42 kilómetros en, por ejemplo, Londres, que es dónde se estableció la distancia oficial de la prueba.
    La Maratón Clásica de Atenas comienza a las 9 de la mañana desde el pueblo de Maratón, que está a unos 40 kilómetros de Atenas. Es un pueblo más bien pequeño, rodeado por montes de espino y matorral, muy similar al que se podría encontrar en otras regiones interiores del Mediterráneo. El estadio desde el que se parte no se encuentra en un estado ideal, la grava cubre las pistas de atletismo, que a mí me parecieron muy estrechas para celebrar carreras y la hierba ha crecido hasta borrar los límites de lo que parecía ser un campo de fútbol. Para llegar allí desde Atenas era necesario tomar alguno de los autobuses que partían a primeras horas de la mañana desde la plaza Syntagma, en el centro de Atenas, alquilados por la federación griega de atletismo.
    Lo primero que pensé cuando vi a los corredores reunidos en la plaza a las cinco y media de la mañana fue que un sentimiento muy poderoso debe acometer a toda esa gente para levantarse un domingo a una hora en la que la mitad de la ciudad está durmiendo y la otra mitad apurando la última bebida de la noche. Yo, que he estado a un lado y otro de esta ciudad que es la noche, en el de los viciosos y el de la gente de buenas maneras, en el del alcohol y en el del cafelito matutino con el Marca – y de ninguno de los dos mundos salí con la certeza de haber aprendido nada de la vida -, solo puedo decir porqué me levanté esa mañana a correr 42 km. Lo hice porque ya estaba allí. De un tiempo a esta parte ya no me concentro en mis quehaceres con una proyección de futuro firme, no tengo la convicción del empleado de oficina o del deportista de élite; he resuelto, más por pereza que por necesidad, que ya que estoy en una situación, lo menos perjudicial y antitético será hacer lo que parezca más natural a la situación. Si estoy en una biblioteca, ya no me paro a pensar cómo llegué allí o cómo voy a salir, sino que ya que estoy allí, lo mejor será leer algún libro. Si estoy en un restaurante y no tengo convencimiento de que la carta es del todo apetecible, en vez de angustiarme sobre mi incapacidad para disfrutar con la elección me concentro en comer. Uno de los libros más honesto que he leído últimamente trata de esto. Se titula en inglés: Wherever You Go, There You Are. Que traducido quiere decir: allí donde vayas, allí estarás. Y la oración que abre el libro es como sigue: «¿Sabes qué? Cuando se trata de llegar al fondo de todo, allá donde vayas, allí estarás.» Suena muy lógico y muy ridículo, pero también gracioso y oscuro. ¿Cómo es que no nos sorprende que algo tan obvio nos dé risa? ¿No será que en el trasiego del tiempo uno ha abandonado esa certeza, y verla ahora volcada en los labios o las palabras de un escritor recupera su luz y así nos reencontramos extrañamente con ella?

    Lo que vemos de las cosas son las cosas.
    ¿Por qué veríamos una cosa si en su lugar hubiera otra?
    ¿Por qué ver y oír serían eludirnos
    Si ver y oír son ver y oír?

    Lo esencial es saber ver,
    Saber ver sin ponerse a pensar,
    Saber ver cuando se ve,
    Y no pensar cuando se ve,
    Ni ver cuando se piensa.

    Alberto Caeiro

     

    El maratón como experiencia

    Los maratones no se corren, se experimentan. Digo esto porque creo que el maratón no es deporte. Al menos para la mayoría de los corredores. Carece de todo componente de juego o de competición; si hubiese algo de esto último sería para los fondistas que han convertido la maratón en su forma de vida y utilizan y utilizan su cuerpo como herramienta para competir. Es lógico que para ellos la competición sea importante: su sustento y su estatus depende de ello. Para el resto de los participantes es distinto. El número de corredores de una maratón (casi 20000 en esta edición), su escasez de reglas (solo hay que avanzar por el recorrido) y la extrema longitud del paseo lo transforman en algo más parecido a un ritual que a un juego. La diferencia entre quedar en el puesto quinientos y el puesto seiscientos no significa nada: uno es un nombre más en una lista de la que apenas interesan los diez primeros. El maratón además lo corre uno en solitario. Es cierto que vi a muchos grupos de amigos corriendo juntos como broma o en favor de una causa, labor admirable por otra parte, pero que en el fondo no es más que el uso de un evento de gran repercusión para la consecución de fines distintos a los de la maratón. El corredor regular corre como si nadie estuviese mirando. Solo.

    La muerte de la religión y la desaparición de los rituales

    Todo esto me hizo pensar que en un mundo donde los tótems religiosos, e incluso las creencias sospechosamente cercanas a lo espiritual, han sido derribados por una mala interpretación de la ciencia y el progreso – lo que no es desarrollo económico o función, es accesorio y por tanto innecesario – convierte a la maratón en algo parecido a lo que debieron ser los rituales de paso. Aquellos rituales donde un gesto comunitario, una danza, una herida servían para comunicar los dos mundos: el terrenal, el físico, el de las labores y los días; y el mundo espiritual, el de las angustias humanas como la muerte, la eternidad o el tiempo que no encontraban un correlato exacto en la naturaleza visible. El ritual hacía partícipes a estos dos mundos en una ceremonia concreta: por un lado la naturaleza, inconsciente de su propia existencia: tormentas, olas, piedras, animales sucediéndose en caos ante nuestra mirada; por otro la conciencia humana, extraída de toda naturaleza y solo propia al alma humana, y por ello arrojada a la más grande de las soledades. Uno tomaba la comunión como paso de entrada a la familia cristiana o era circuncidado simbolizando el pacto entre Abraham y Dios. El cuerpo entraba en contacto con lo eterno, con lo espiritual, con lo que está más allá de lo visible. Lo que se señala con la comunión, la circuncisión o el Hajj, es el diálogo del hombre con todas sus aristas y caras. Que el diablo al que uno lapida no es el diablo del más allá, que no tiene cuernos y tridentes, apesta a azufre y demás parafernalia, sino que está cerca, que está muy cerca: es el diablo es uno mismo. El diablo es que uno en cada momento puede elegir el camino del miedo y atomentar a los otros al tiempo que se atormenta. Cuando uno apedrea al diablo, apedrea una parte de sí. Todo esto, que quizá ya carece de significado para los judíos, cristianos y musulmanes, ha sido sustituido por otros rituales menos religiosos. Por ejemplo, la toga cuando uno se gradúa, la reunión de familiares antes de partir en un largo viaje o los cumpleaños, con todos los regalos como mensaje de unión con los otros. Son también rituales a los que se les ha extirpado todo el significado espiritual.

    ¿Y dónde encontrarlo? ¿Dónde hallamos ese contacto con lo que no está presente, con lo no inmediato, con lo que aun humano, no es susceptible de análisis en probetas? Se elimina la espiritualidad, o la convertimos un residuo arquelógico: no hay alma, solo interacciones de glándulas, neuroplasticidad y hiperexcitación sensorial. No hay iluminados, hay esquizofrénicos. No hay melancólicos, hay depresivos. Y entre tanto las consultas de los psiquiatras están a rebosar y las prescripciones de antidepresivos alcanzan récords año tras año. Pero no me pondré paternalista. A dónde quiero llegar es el maratón se asemeja a un ritual. Veinte mil personas se reúnen en ciudades cada año, viajan miles de kilómetros para meterse 42 kilómetros entre pecho y espalda, y todo aquello parece fortuito.

    El esfuerzo de la maratón

    Cuando uno corre una distancia tan larga, la mente entra y sale de un estado de consciencia plena a uno de automatismo. Lo mismo sucede cuando uno habla o escribe: uno no es consciente todo el tiempo de cómo las palabras se van formando en la boca o en la pluma, no sabe qué misterioso mecanismo las engarza para que tengan sentido y, con todo, puede elegir, modificar y suprimir expresiones, adjetivos, verbos para enfatizar un mensaje. Cuando uno corre, uno se olvida por momentos de que está corriendo, de que las piernas están cansadas o de que tiene sed y la mente se pierde en otros asuntos. ¿En qué asuntos? Ni idea. Sin embargo, ese ejercicio constante de introspección (yo soy yo y estoy aquí solo) y extroversión (yo soy yo corriendo en una maratón, con otros corredores y el público alrededor) tiene el efecto de estos rituales de los que hablaba.

    Cuando uno corre una distancia tan larga, se somete al cuerpo a una constatación de una realidad innegable: tú existes, tienes una presencia física y no imaginada. El cansancio, el dolor en las rodillas, la sed, el hambre, el calor o el frío, los mareos son los mensajes que el cuerpo envía para afirmar su existencia kilómetro tras kilómetro. Al mismo tiempo, la mente va procesando estos mensajes y les va dando un sentido en cuanto aparecen, y tomando decisiones conscientes: debería beber, debería reducir el ritmo, debería abandonar. Pero aún no hemos llegado a la parte espiritual. ¿En qué piensa un corredor durante las tres o cuatro horas que pasa corriendo? Lo que yo pensaba una y otra vez, especialmente durante la segunda parte del maratón, cuando ya la distancia supera lo recorrido durante los entrenamientos es: ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué me estoy molestando siquiera en correr? 

    Hacia el final

    Por supuesto, nunca hay una respuesta a estas preguntas. Sin embargo, después de cuatro horas agonizando bajo el sol leve de Atenas llegué a la conclusión de que de alguna manera hemos ido perdiendo el sentido de estas preguntas. No hablo de encontrar respuestas, sino de aceptar la incertidumbre que arrastramos por la vida y que tratamos de solucionar (u ocultar) con la ciencia, con la religión, en definitiva, rehusando enfrentarnos a la incógnita. La mente es prodigiosa: puede imaginar la inmortalidad, la eternidad, el infinito. Sin embargo, el cuerpo, después de treinta kilómetros – no creo que el Parque Natural de Alcalá de Henares tenga esa longitud -, agoniza y rechina como una bicicleta oxidada. El cuerpo atrae el espíritu hacia sí y da una respuesta cortante a esas preguntas con las que se angustia. La certeza que el cuerpo tiene de la finitud domestica los delirios de grandeza del alma. Como en el ritual, el cuerpo se encuentra con el alma para demostrarle su finitud, pero también su proeza imaginativa. Uno es apenas una huella en el camino que lleva a Atenas. Eso te dicen las piernas.

    Y con todo, sorprendentemente, uno termina la maratón. Uno llega a la meta cuando ya ha sido derrotado. Cuando ya ha aceptado la mortalidad, su propia pequeñez, que no ha llegado en el puesto 10, o 100, o 1000, sino que es un anónimo que llegó después de otros 4650 anónimos, uno se encuentra con la meta. Cuando ya había abandonado la posibilidad de regirse por el tiempo, cuando había dejado de contar kilómetros, de odiar a los organizadores por no ajustar el recorrido a algo más sencillo y más cómodo, cuando tiene la certeza de que correr así al tuntún es una estupidez, es algo tan absurdo como la vida, pura ceniza, entonces llega a la meta. Y entra por las puertas del Estadio Panathinaiko, que a decir verdad, es la única parte realmente bella del recorrido. Uno siente la tregua entre el alma y la carne en ese momento. Como si el debate nunca hubiera existido, cuerpo y alma se unen ante la grandeza de un estadio que lleva 2000 años en pie. Nada ni nadie te da la respuesta a la soledad. Pero una vez cruzada la meta, uno se siente menos solo.