Autor: Raúl Quirós Molina

  • La curiosidad

    Cada vez que comienzo un nuevo curso de escritura creativa, dicto una serie de reglas de convivencia para que la clase no termine convirtiéndose en un guirigay: puntualidad en la llegada y salida de clase, uso sensato de la tecnología móvil y entregar a tiempo para que la lectura de los textos no se ralentice. Lo cierto es que son compromisos ligeros que los alumnos adquieren sin mayor protesta y aquellos que se resisten son convenientemente castigados: por ejemplo, entregando un soneto sobre su falta en la siguiente clase (un soneto clásico, se entiende, con sus catorce versos y sus rimas consonantes).

    A los alumnos también les invito a una tarea no menos crucial en cualquier actividad humana, que es a respetar su curiosidad y la de los demás. Esto de la curiosidad suena a buenos deseos impresos sobre una taza de café cuqui, pero tiene más miga de lo que parece, porque la curiosidad es la que lleva a los alumnos a un taller de escritura y posiblemente sea la única fuerza que los mantenga asistiendo al curso tras recibir el primer sopapo en su primer texto no tan bueno.

    Les digo que la curiosidad es lo que ha hecho que unos días atrás decidieran apuntarse al curso, que vaciaran su calendario de compromisos inefables (tener una cita con un extraño, recoger a los niños del colegio, hacerse una liposucción) y que el día del comienzo se presentaran con unos minutos de antelación, dispuestos a sentarse en un aula con diez desconocidos y un tipo que se dice profesor, y que aunque aquello suene a orgía secreta confíen en que no lo sea, y lleguen dispuestos a recibir y dar comentarios sobre textos que han escrito o que escribirán y que muy probablemente le salgan de muy adentro y a la vez consideren ridículos.

    La curiosidad vence a la vergüenza, al miedo, a la permanente sensación de fracasar en todo lo que hacemos y, bueno, ya que se ha pagado la matrícula, habrá que ir.

    Sigue pareciendo ridículo, y muchos resisten con ironía a la idea de que la curiosidad es una fuerza revolucionaria. No le exijo al alumno que viaje al trópico para descubrir nuevas especies animales, ni que busque la solución al hambre al mundo, ni siquiera en sus textos (principalmente porque este tipo de relatos son una horterada); sino que haga funcionar su imaginación con plena libertad, fuera de las inercias con las que dirigimos nuestras vidas; que haga algo que se supone que no debería hacer (escribir sin más recompensa que el escrito terminado) y que lo atesore como algo de su naturaleza humana, y que esa fuerza no sea utilizada, manipulada o explotada por otros.

    Debe ser algo muy poderoso esto de la curiosidad porque agita a tantas personas a buscar en la escritura algo. Qué demonios es ese algo, no lo sé. En la lógica desquiciada de este mundo, tendría más sentido que se arrojaran a las zarpas de una escuela de cine o una academia de actores, porque, seamos honestos, no es como si los libros y las narraciones escritas y sus autores fueran más prestigiosos que la peor actriz de la peor serie de Netflix o la película más masticada de los cines: tu libro de relatos autopublicado Sueños en el espejo nunca podrá competir con La casa de papel, Aquí no hay quien viva o Los Serrano a pesar de que tus relatos tengan más interés que todas estas series juntas.

    Respetar la propia curiosidad siempre es respetar la curiosidad de los demás y no sacarse la chorra para ver quien escribe mejor o peor en una clase porque, ya les aviso, incluso antes de estar escritos, los textos serán odiados o amados, despreciados y glorificados, que lo importante es que digan algo que turbe al lector, que lo ponga a pensar, a sentir, a llamar a su ex, a quemar contenedores y cada uno de nosotros somos incitados de maneras distintas. Lo importante es, sobre todo, que el texto no esté repleto de clichés y anacolutos y que quiera transmitir algo verosímil y creíble, pero de esto último ya hablaremos más adelante, en el pacto de ficción.

  • Estudiar y escribir sobre la ficción

    Durante algún tiempo he querido compilar algunas lecciones sobre escritura creativa que he venido impartiendo en escuelas, ateneos y centros cívicos, por si aquello de lo aprendido pudiera servir de algo a alguna persona interesada en escribir. La historia corta se resume en que la pereza me vence y la cantidad de bibliografía disponible en cualquier biblioteca pública gana en seriedad y llegada a cualquier cursillo que pueda ofrecer yo.

    Tal vez porque escribir es andar por la vida derrotado, mi derrota ya se produjo cuando la magnitud del proyecto desbordó las expectativas: un libro de escritura creativa que dijera algo nuevo, que no celara la obviedad, o que pudiera servir al escritor más allá de ocupar un lugar en su estantería y en su conformismo. Luego estaba la cosa de llevarlo a un editor y convencerle de que invirtiera su dinerito en aquellas hojas. Pero ese es otro cuento.

    Con todo, he decidido escribir aquí algunos de esos apuntes, para complementar lo que vemos en clase y así tener prueba escrita de las reflexiones que van surgiendo de la lectura, corrección y reescritura de textos propios y ajenos.

    Es de recibo reconocer a los que nos han precedido y quiero recomendar tres libros sobre escritura creativa que son verdaderamente útiles: Para ser novelista, de John Gardner; Escribir, de Enrique Páez; y cualquier de Silvia Adela Kohan, que debe ser la persona en el mundo que más ha escrito sobre escritura creativa y muy bien.

    A lo largo de las piezas que vienen, hablaré de narrador, tono, punto de vista, adjetivación y construcción de personajes, como es de rigor en cualquier clase de dramaturgia, pero intentaré evitar la inercia clásica de la lección de taller, como los ejercicios sin más propósitos que el entretenimiento, los clichés como «mostrar y no decir» y toda la mandanga relacionada con el SEO y el posicionamiento web que tantísimo mal han hecho a la escritura libre.

    Bienvenidos.

  • Contaminarse

    Uno de mis compañeros de estudios durante el máster en escritura creativa en Londres afirmaba no leer libros, ver películas o asistir a ninguna obra de teatro para no contaminar su escritura. De esta manera, decía, su escritura era más libre y más pura. No es infrecuente encontrarse con ascetas culturales en las clases de escritura creativa (especialmente en los cursos avanzados), y la experiencia me ha enseñado que poco o nada se puede hacer por quien considera que la creación requiere de un estado suspensión cultural (e incluso física), como un electrón pululante por el espacio sideral. Explicarles que el simple hecho de comunicar que no requieren de exposición alguna a libros, obras de teatro o museos ya es efecto de esa contaminación requeriría una paciencia pedagógica que, a partir de los cuarenta años, no se tiene.

    Tampoco el ejercicio de lo contrario, la deglución incontrolada de toda la oferta del Time Out, me ha parecido nunca buen mecanismo para la adquisición de las herramientas necesarias para contar una buena historia, pero al menos a estos se les puede sugerir mesura y tranquilidad, y, con el tiempo, desarrollarán un filtro crítico que les permita leer, ver, escuchar y aprender sin necesidad de consumir compulsivamente.

    Descubrí el otro día la mitología yazidí, que no tiene texto sagrado, como los cristianos o los musulmanes, pero cuyas creencias fueron recopilados por un santo yazidí y transmitidas a Frederick Forbes en dos libros, El libro de las revelaciones y El libro negro de los yazidíes. No se ha probado la autenticidad de ninguno de los dos, pero la premio Nobel Nadia Murad, en su libro Yo seré la última, confirma algunas de las creencias recogidos en El Libro Negro. Por ejemplo, que a Adán se le prohíbe comer del trigo sagrado de Dios, y que lo hace tentado por Malak Ta’us, que a veces se identifica con el diablo. Cae en desgracia y Dios crea a Eva para que deje de estar triste; una vez reunidos, deben decidir de quién surgirá la humanidad: si de Adán o de Eva. Así que encierran sus simientes juntas en dos tarros distintos y nueve meses después, la de Adán dio a luz a Seth, Noé y Enosh mientras que la de Eva dio lugar a gusanos y un olor pestilente. Los bebés de Adán se colgaron de sus pechos y esta es la razón por la cual los hombres tienen pezones y aquellos serían los padres de los yazidís. Posteriormente, Adán preñó a Eva y aquellos descendientes serían los padres originales de judíos, cristianos y musulmanes.

    El Poema del Gilgamesh también tiene escenas que recuerdan a pasajes de la Biblia o de la mitología griega: Gilgamesh baja a los infiernos para descubrir al único inmortal, y después de pasar varias pruebas, es conducido por el barquero de los dioses hasta Utnapishtim, que le explica el Diluvio Universal y le dice que para ser inmortal debe vencer el sueño. Gilgamesh se queda dormido durante siete días y falla su cometido de encontrar la inmortalidad.

    La contaminación, la memoria fallida, las lecturas erróneas no son instrumentos para la creación, son la creación misma y aún sorprende toparse con discursos como el de mi antiguo compañero. ¿Pureza, para qué? ¿Esencia, de cuál? Se intuye (o intuyo, al menos como profesor) un aburrimiento por el esfuerzo que conlleva reflexionar sobre aquello que se está viendo, escuchando, leyendo; como si toparse de bruces con aquello que leemos nos dijera algo sobre nosotros que no queremos saber, y que solo sobre los rieles de la seguridad pudiéramos, efectivamente, crear.

    Pero hasta el propio Fausto vendió su alma al diablo para conocer más.

  • Hamlet über alles

    No falla, y cada temporada, como si del monzón que se espera que arrase todo lo que pille a su paso, ha de leerse o escucharse de boca de dramaturgos, directores o programadores de teatros que tal o cual obra clásica habla del Hombre, de sus cuitas y aciertos, ya sea Shakespeare, Lope de Vega o Calderón. El ministerio de Cultura, si tal monumento a la burocracia aún posee alguna capacidad punitiva u objetivo de transformación social, debería añadir un cartel de peligrosidad a las entradas o a los póster de las obras que así se promocionen, como hacen las Autoridades Sanitarias con las fotos de pulmones alquitranados o pacientes intubados en los cartones de tabaco. Se dice que Yago es el mal que habita entre nosotros, o que Shylock habla por todos los desplazados como quien recita un padrenuestro o una ristra de palabras clave para posicionar al artista promocionante en Twitter. Se planta así al comprador de entradas en una butaca ideológica cómoda y conocida, en la que sepa de antemano que la obra tiene un mensaje y que el mensaje que debe extraer es ése, el de la fatalidad del Ser Humano y su destino irresistible e irremediablemente trágico o cualquier chorrada de ese palo: Que el Mal triunfa. Que el Amor todo lo puede. Que la Amistad es lo mejor. De esta guisa, cualquier sorpresa, cualquier revelación queda nombrada de antemano y por lo tanto justificadísima y a lo que el comprador de entradas asiste es dos horas de tíos en mallas haciendo gorgoritos mientras se dan espadazos de mentirijilla.

    Propongo que pudiera preguntársele en la entrevista o el artículo que se le hace (si aquello fuera verdaderamente una pieza de periodismo serio y no un amaño publicitario) a qué se refiere con Ser Humano, Amor, Amistad, ideas todas surgidas siglos más tarde de la muerte de estos clásicos, dónde se encuentra en sus textos ese modelo del que tan convencido parece y por qué está llamado, ése precisamente, a ser universal. Porque no lo encontrarán en Shakespeare que escribió a comisión de la monarquía inglesa y que bastante tenía con evitar que lo acusaran de sedición, como le pasó a Ben Jonson y La isla de los perros (lo relata Stephen Greenblatt en El tirano (ed. Alfabeto)), ni en Lope de Vega, más interesado en las faldas que en dejar una obra ilustrísima; ni en Calderón, que ya tenía de sobra con ser Calderón.

    Pero es que esa supuesta universalidad de los clásicos no debería quedarse dentro de las boquitas de quien las prodiga porque sea un guirigay de ideas etnocéntricas y occidentalísimas, sino también porque la propia antropología, en los años 60, descartó la universalidad en valores y temas morales en el arte en una obra tan conocida como Hamlet. Laura Bohannan se fue a visitar a la «tribu» Tiv (tribu de nada menos de 6 millones de personas, de tal modo que podríamos hablar de la tribu de los madrileños o de los gallegos) para contarles Hamlet y descubrir así la universalidad del Bardo. Así que Laura se va hasta allá y les cuenta que el tío de Hamlet ha tomado el puesto del padre y los Tiv le contestan:

    “Yes, he was,” I insisted, shooing a chicken away from my beer. “In our country the son is next to the father. The dead chief’s younger brother had become the great chief. He had also married his elder brother’s widow only about a month after the funeral.”

    “He did well,” the old man beamed and announced to the others, “I told you that if we knew more about Europeans, we would find they really were very like us. In our country also,” he added to me, “the younger brother marries the elder brother’s widow and becomes the father of his children. Now, if your uncle, who married your widowed mother, is your father’s full brother, then he will be a real father to you.

    Shakespeare in the bush, Laura Bohannan

    ¿Qué nos dicen los clásicos de nuestros tiempos? ¿Qué nos dice Rosaura del #metoo? ¿Es Falstaff un profeta sabio o uno falso? Los clásicos no hablan ni dicen nada y sí, mucho más, sus intérpretes, sus historiadores, sus críticos; las personas, instituciones y gobiernos que los han convertido en mensajes y portadores de ideas: es de éstos de quienes debemos sospechar y con quienes debemos emplearnos más a fondo, porque son los que programan, recortan obras y eligen directores que cierren el ideario que ellos asignan a aquellos ilustres huesos. Y piden al público que no sea espectador, sino comprador de entradas.

  • Los hombres y las mujeres del fondo

    Mientras leía El cielo protector, de Paul Bowles, me corría la sensación de que no lograba atrapar qué era lo que hacía la desventura de Kit, Port y Tunner tan fascinante. Veía una triada esnob y pudiente que saltaba de pensión en pensión y de tren de primera en tren de primera mientras se engañaban, pagaban por sexo o dormían siestas interminables tras embotarse de champán. Solo conforme van penetrando en el Sáhara, fui entendiendo la lenta pero elaborada ironía de la novela, que tiene su cénit en una Kit desquiciada protegiendo un dinero que de nada le sirve en las fronteras del desierto. Incluso ahí, en el final de la novela, las reflexiones existencialistas de Port, el aventurero original, resultan ridículas y pretenciosas frente a un Sáhara intocable y mudo: llega a escribir Bowles que ante el desierto, no hay filosofía que valga.

    Los colonos franceses con los que se topan son otro tipo de habitante: han aceptado su posición como cuerpo extraño en el lugar y se han blindado contra ellos: son militares, tenientes, agentes diplomáticos que se guardan en fortalezas y racionan el contacto con la cultura. Sin embargo, los americanos quieren la experiencia real y por eso profundizan más y más en el desierto, como agonizan en interminables cuitas sobre el significado de sus vidas y amores.

    Los árabes son desde el principio porteadores, camareros, proxenetas de poca monta, limpiadoras que llevan maletas de un lado a otro, que cambian del árabe al francés o al inglés para que los americanos puedan vivir una experiencia adecuada a sus expectativas, en otras palabras, que sigan en su Disney World árabe sustentado con dólares y francos. De ellos se llega a decir que parece que no tengan alma, que son objetos del fondo de la imagen, puestos adrede para que el viaje sea lo suficientemente exótico para los visitantes, pero no tan exótico como para que se les vuelva hostil y violento. Que es lo que finalmente ocurre.

    Paul Bowles Wikimedia.

Raúl Quirós Molina
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