Haciendo la cena (El Sopar en el Teatro del Barrio) parte 3

Ensayar de nuevo una obra supone crear un mundo nuevo para ese texto. El Sopar, que se escribió originalmente en inglés y después se tradujo al catalán, llega ahora a un teatro en la que viene a ser mi lengua materna. Trabajamos con un texto que ha sufrido dos traducciones hasta llegar a aquellas palabras y estructuras con las que yo crecí y aprendí a pensar y a escribir.

Es además, un nuevo mundo, una nueva dirección, unos nuevos actores: la obra de teatro se ha convertido ahora, en una pieza de arqueología que empieza en el año 2012 y a lo largo de seis años ha ido enterrando sus huesos, su artificios y artefactos en lo más profundo de la tierra para ser excavado y expuesto nuevamente hoy. Al contrario que los jarrones y los colmillos de mamut, una obra no se expone indefinidamente tras un cristal, no se suspende en el tiempo de las paredes del teatro: en cualquier caso, esas urnas estarán en el relato común que los espectadores se hagan de ellas.

 

 

Haciendo la cena (El Sopar, en el Teatro del Barrio) parte 2

 

Circula por internet una carta que Peter Brook le manda a un tal Howe sobre qué debe hacer uno para convertirse en director de escena. Y le responde cosas como:

Uno se convierte en director de teatro llamándose a sí mismo director y después persuadiendo a los demás de que eso es cierto. Por lo tanto, en cierta forma, encontrar trabajo es un problema que hay que resolver con la misma habilidad y los mismo medios que los que uno necesita en un ensayo.
Yo no conozco otra manera si no es la de convencer a la gente de trabajar con uno y de ponerse a ello -incluso sin estar pagado- y presentar ese trabajo ante cualquier público, en un sótano, en la parte de atrás de un café, en el pabellón de un hospital, en una prisión.

Las citas de Peter Brook para la gente de teatro (o las de cualquier otro prócer del teatro, tanto me da) son como las citas de Paulo Coelho para la gente de a pie: si quieres ser feliz, haz como yo. Peter Brook, que ha viajado por el mundo a gastos pagados, que ha tenido los favores de una industria cultural tan poderosa como la británica, te sugiere, a ti, que vas a los Goya con un vestido que vale más de que lo que ganas en un año, que trabajes incluso sin estar pagado. Cuando un brasileño que tiene 500 millones en Suiza te dice que el dinero no es lo más importante, te invita a caer en la trampa del hombre que se hace a sí mismo: eres lo que haces por ti mismo, y si no lo consigues, es que no has hecho lo suficiente. Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. Y Brook es de los de izquierdas, imaginad lo que diría Mamet.

La condición que convierte algo en un trabajo  es el salario, luego el 90% de la gente que pululamos por teatros y cafés y pabellones de hospitales somos parias que hacemos lo que hacemos por pura masonería. ¿Por qué la gente se une a una obra, a un director, a otros actores que no llegan a final de mes? Hay, al menos en el teatro, la sensación de llegada del fin del mundo, de hartazgo de lo cotidiano: mejor caminar y reventar que detenerse y extinguirse. Nos unimos siempre a pesar de que hay mejores cosas que hacer, injusticias más fáciles de solventar, trabajos mejor pagados. Hacemos teatro por juego, por compromiso político, por desesperación, por ensueño.

 

Haciendo la cena (El Sopar, en el Teatro del Barrio). Parte I


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Montar una obra de teatro en España

Montar una obra de teatro profesional se asemeja a preparar un atraco a la sucursal de Bankia del barrio. Casi siempre es una mala idea: se planifica al vuelo, no tienes armas, ni el dinero para comprarlas; tus cómplices son tan ingenuos y leales como tú, y el resultado es siempre un desastre. En la actualidad además puedes efectivamente acabar en la cárcel.

Para montar una obra profesional sin un duro ni el empujoncito del concejal de turno, uno debe ir mendigando favores como el que mendiga unas monedas en el metro, solo que al contrario que el adicto real, la merca que se obtiene no te lleva más allá de las puertas del placer, sino a un rincón en el blog de algún caradura que quiere entradas gratis para el teatro.

Ya no entramos en el juego del teatro para remover los cimientos de la conciencia, ni traer al siglo de la posverdad el Verfremdungseffekt ni provocar las iras de los buenos ciudadanos cristianos, a lo Synge:  (¡cuántos sueños húmedos en los que algún requeté, más o menos espontáneo, irrumpe en la obra con alaridos de “¡Viva Cristo Rey!”). Aquí estamos para competir con el Rey León y cualquier obra que incluya a un actor de Siete Vidas. Es la diferencia entre el atraco navaja en mano contra la venta de preferentes a pensionistas. Escoge la liga.

Génesis de El Sopar

El sopar (o La cena, en su versión patriótica) se escribió cuando Sheldon Adelson quiso montar un megacasino en Madrid, y los políticos de Madrid aplaudieron la ocurrencia: sabe San Milton Friedmann que un país en crisis lo que más necesita no son puestos de trabajo, sino máquinas tragaperras que facturen en los Estados Unidos. Parece que un quítame allá esas tierras y esos impuestos hizo que el magnate abandonara el proyecto, y el casino Adelson pasó de largo por nuestra España querida como aquel convoy norteamericano en la escena final de Bienvenido Mr. Marshall. Quizá nunca sabremos las razones, pero siempre nos quedará la profundidad filosófica de aquel mafioso ruso de Lloret de Mar,  que acusaba la corrupción de nuestro país como una de las más nefastas incluso para el negocio criminal.

El proyecto del casino fracasó en esta materialización, pero las réplicas no se hicieron esperar, como en cualquier terremoto: Benidorm necesitaba un casino, y Madrid y Granada, y Murcia.

¿Por qué entonces montar una obra de teatro sobre casinos y políticos corruptos destinada al fracaso? Porque el teatro en nuestra España se ha convertido precisamente en eso: en un gran juego de ruleta fracasado al que acudimos con un capital tan minúsculo como nuestras esperanzas. Juego en el que además esperamos ganar y convertirnos en los empresarios que lo manejan y en el que a lo sumo conseguiremos recuperar el dinero para el autobús.

Cómo acabar con el lector (al final): Deux ex machina

Usted quiere escribir buenas historias y sigue fielmente los consejos de esta y muchas otras páginas web. Ya sean novelas, relatos u obras de teatro, su intención es llegar al lector, hacer que vibre y no sé cuántas majaderías más extraídas de algún manual de autoayuda a través de la escritura. Pues bien, no se deje mangonear. Usted no tiene que hacer vibrar a nadie ni venirse encima de ninguno. Usted lo que tiene que hacer es dejar en paz al lector y no amargarle la existencia.

Hoy quiero hablarle de los finales. El final es la parte en la que el momento de suspensión de la realidad termina y completa el viaje del lector. Es el instante en el que la persona que lee su libro vuelve a su cotidianeidad y tal vez vuelva más inteligente, reflexivo o, por qué no, entretenido. Usted puede destruir ese retorno a la realidad muy fácilmente. Debe saber cómo.

Hay diversos métodos para reventar un final, pero reseñaré  el más conocido, el llamado deux ex machina, que todo escritor finge conocer y evitar y como resultado andamos por estos mundos de Dios con finales terribles y escritores ufanos. Deux ex machina es un latinajo que viene a significar: me saco de la manga el final de esta historia porque no me he molestado en pensarla ni cinco minutos. Es fácil detectar un deux ex machina. Se trata de un elemento inverosímil que aparece de repente y resuelve el conflicto del protagonista dando cierre a la historia.

Voy a explicarle dos, uno reciente y otro clásico.

Caso 1 de Deux Ex Machina: Independence Day.

Los marcianos llegan a la Tierra. Se cargan a la mayoría de los líderes mundiales y defensas de los estados. Son alienígenas malos e hiperavanzados tecnológicamente, así que cualquier misil humano que quiera aniquilarlos es neutralizado en segundos. La Humanidad está perdida. No solo una raza de alienígenas ha viajado en el espacio-tiempo hasta llegar a un planeta que, digámoslo, a la vista del vasto universo no es ni fu ni fa en cuestión de recursos materiales, sino que además tienen la capacidad de borrarnos de la faz de nuestro propio planeta y no lo hacen, en plan sádico.

Pero un valiente informático les mete un virus en su sistema central y entonces podemos acabar con ellos. Ni que decir que los sistemas operativos, lenguajes de programación, codificación, conexión a redes y demás han de ser los mismos, sino que además este hacker habría de tener acceso a ese supersistema como para que el asunto no sonara a broma. La recaudación de Independence Day fue de 800 millones de dólares. Uno detrás de otro.

Caso 2 de Deux Ex Machina: Los dos hidalgos de Verona, de Shakespeare.

No solo los amigos yanquis son capaces de colarnos finales de poca monta, sino que el formidable, universalísimo y agente cultural Shakespeare se podía marcar unos finales de toma pan y moja. Los dos hidalgos de Verona (The Two Gentlmen of Verona) toma la historia de Valentine y Proteus, amigos de la infancia, que se separan al principio de la obra.

Proteus se queda en Verona porque le gusta Julia, pero al final su padre lo manda con su amigo a Milán. Cuando Proteus llega a Milán, se encuentra con que su amigo se ha enamorado de una muchacha, Silvia, y el muy buitre decide robársela a su amigo de la infancia.

El resto de la obra es un enredo de amores y desamores en las que hacia el final Proteus está a punto de violar a Silvia, pero su amigo Valentine aparece y exclama su horror, y Proteus se da cuenta en ese momento de lo mal que lo está haciendo y se arrepiente y todos contentos.  No es broma, la obra de teatro termina así: una gran violencia sexual contenida durante escenas y escenas que se resuelve con un apretón de manos entre hidalgos en la última página.

¿Cómo evitar un deux ex machina? Lo importante, lo fundamental es no considerar al lector un imbécil. Sí, puede que conozca a unos cuantos, pero ser un mal escritor es parecido a pertenecer a la mafia: te puedes librar durante un relato o dos, pero al final te cazan y te entierran en cemento. Algunos los aceptan, con Shakespeare, y componen obras maestras como El rey Lear, y otros fundan editoriales. La que esté más a su alcance será su solución. Pero también puede planificar su relato desde el final o revisarlo adecuadamente para evitar el bochorno que supone.

Finalista del Nadal 2018

El jurado del Nadal ha tenido a bien incluirme en su lista de finalistas para el premio de narrativa de 2018. Es un auténtico honor compartir lista con los mejores escritores en lengua castellana como Sánchez Ferlosio, Carmen Laforet y tantísimos otros. Os dejo con la nota de prensa.

La semana que viene continuamos con las clases en Fuentetaja y Pa’Tothom.

Un abrazo a todos y feliz año nuevo.

http://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20180105/434078301022/el-74-premio-nadal-de-novela-se-falla-manana-entre-seis-finalistas.html