El pacto de ficción

Un pacto de ficción real y serio

El pacto de ficción es el mecanismo por el cual las personas abandonan sus pesares, miserias y felicidades cotidianas y se sientan a leer su historia. Es el sacrificio que las personas corrientes y molientes llevan a cabo para tomar su libro, ver la película que usted  ha guionizado o la obra de teatro que ha escrito y dedicarle un tiempo a ello.

Deténgase un momento y piénselo.

Una persona ha dejado de lado la vida y todas sus preocupaciones para dedicarle plena atención a lo que usted ha escrito. No lidiará con el entierro de un familiar, no escribirá esa carta de amor que hará que su marido vuelva, no se pondrá a buscar trabajo a pesar de que la compañía eléctrica amenaza con cortarle el suministro. En cambio, se tira en un sofá o en el sillón de una biblioteca, en un café o un parque, abre la primera página de su libro y se pone a leerlo.

Las condiciones del lector

El lector, además, le da a usted cierta ventaja. Porque opera de igual manera que quien escucha un chiste: no le pide a quien cuenta el chiste que la historia sea real, sino que sea graciosa y verídica. Una persona que abre un libro exige exactamente lo mismo: que la historia parezca real, es decir, que se sienta verdadera. Tome la palabra verídico por lo que es: una historia basada en hechos verídicos no quiere decir que los actores sean las personas a las que ocurrió la desgracia de telenovela, sino que portan una verdad que transmiten con su arte.

Ya puede usted establecer el cuento en la Tierra Media o en las proximidades de Orión que el lector se lo tomará como algo verídico. En ningún momento le exigirá saber cómo el escritor ha hallado que hay civilizaciones más allá del Sistema Solar; él, al igual que usted, es capaz de imaginar un mundo posible en el que otros planetas estén habitados.

Todo esto es lo que hace el lector. Abandona su vida, le da crédito a lo que usted le cuente, aunque no sea real. Lo único que le pide es que se sienta verdadero.

Usted puede meter vampiros, unicornios, marcianos enamoradizos, continentes que se mueven, banderas que cubren países: lo que usted quiera. El lector lo cree posible.

La lectura es un viaje emocional. No lo destruya.

Todos estos elementos forman parte del pacto de ficción, y sin este pacto, no existiría la literatura, ni tampoco el humor, porque estaríamos suprimiendo la imaginación. La ciencia no sería posible, las artes serían disparates, los tiempos verbales de futuro o subjuntivos serían absurdos.

Seríamos lo más parecido a un conjunto de máquinas hipercríticas, similares a algunos comentaristas de Twitter. Imagíneselo.

Su trabajo, como escritor, es que el lector no rompa ese contrato que ha adquirido con usted. Y le puedo asegurar que los buenos lectores no abandonan una novela o una película sin un gran pesar.

Usted puede romper el contrato de ficción de múltiples maneras. La primera, que venimos repitiendo en este blog desde hace ya algún tiempo, es la más común: usted se interpone entre el mundo que le ha prometido al lector y el lector. Se interpone dejando caer opiniones, manipulando el mundo descaradamente y sin , haciendo ejercicios de estilo que ni van ni vienen, despreciando a los personajes. Cuando usted deja de ser el mero transmisor de una historia y se planta en medio de su escrito obliga a que el lector abandone su fantasía y se ponga a escucharlo a usted. Y no es a eso a lo que ha venido.

El sueño en el que todos estaban muertos

Una manera muy burda de expulsar al lector de nuestra obra es obligándole a rehacer el pacto ficcional en varias ocasiones. Por ejemplo, usted puede comenzar una novela con una fantástica historia sobre una sociedad de minotauros que han alcanzado el equilibrio político perfecto. Una vez que ha detallado la historia durante uno o dos párrafos o capítulos , usted puede incluir la oración: «y de repente, despertó y se dio cuenta de que todo había sido un sueño«.

Imagínese que a usted acude a un restaurante arrocero y pide un arroz con bogavante, y después de media hora el camarero le trae un arroz a la cubana. No es que el arroz a la cubana sea malo, es que no es lo que usted había pedido. Además tiene el incordio de que usted debe comérselo e incluso si no se lo come, ya lo ha pagado.

Ocultar información sin ningún propósito es una manera muy eficiente de minar la confianza del lector. Usted por ejemplo puede presentar a dos personajes, un chico y una chica, y no establecer qué relación hay entre ellos. Durante varios párrafos, usted puede jugar al equívoco: ¿son hermanos? ¿Son amantes? ¿Son padre e hija? Y en el último suspiro, en una última frase, usted desvela que, en realidad, eran un cura y una feligresa. Felicidades, lo que usted ha hecho ha sido tirar por tierra todo el trabajo anterior para dar un golpe de efecto al final, donde se encuentra la esencia del relato.

Los personajes que están muertos o en coma pero no lo saben también son un clásico, especialmente en las series de televisión. Véase Lost o Los Serrano. A esta estrategia se le llama comúnmente engañar al personal. El escritor crea un mundo ficcional detallado y completo, con miles de conflictos y puntos de giro, pero cuando se cansa o se aburre, liquida la historia argumentando que fue Moe el que los salvó, como bien ironizan Los Simpsons:

Mantenga el pacto ficcional hasta el final

En esencia, escribir es un acto de respeto: es por ello que usted debe cuidarse de dejarse llevar por el ansia de provocar emociones encontradas a través de la ruptura del mundo que usted mismo ha creado.

Algunos enlaces de su interés:

Inteligencia narrativa.

Fronterad.

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